Dublín, ciudad de libros y pubs

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La capital de Irlanda consagra con la misma pasión la cultura y la cerveza. Seguimos la senda...

Iratxe López

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Dublín, la capital de Irlanda, es una ciudad literaria. Las calles están repletas de referencias a sus escritores, salpicadas de placas, estatuas o edificios donde vivieron, comieron y, sobre todo, bebieron fieles a la leyenda de que los novelistas y poetas son grandes borrachos y pequeños atormentados, o al revés. Literatura y alcohol forman allí un matrimonio estable, un compadreo tan real que incluso existen rutas teatralizadas de pub en pub. En una urbe en la que el número de librerías compite con el de bares (de momento ganan estos últimos), la compañía del libro al calor de un té inglés se sustituye por la del frescor de una Guinness. Por eso entrar en un pub como el Mc Daids –3 Harry Street– supone un homenaje al autor de ‘The Dubliner’, Flann O’Brien, que cumplió la promesa realizada a su madre moribunda de no volver a tocar una cerveza poniéndose un guante cada vez que empinaba el codo, o pasarse por el Palace Bar –21 Fleet Street– deja de ser una simple cita frente a una copa para convertirse en recuerdo de figuras como Brendan Behan o el peculiar Patrick Kavanagh, entre cuyas excentricidades cuentan que, furioso por la censura de un párrafo que describía una masturbación en uno de sus libros, copió a mano en cada ejemplar a la venta las frases eliminadas… ¡y lo hizo sereno!

La escultura de este autor descansa en un banco de Wilton Terrace, frente a un canal que evoca más a Holanda que a Irlanda. Hasta allí le gustaba acercarse añorando la vida campestre, más afín a su carácter, de la que volvía con las botas pringadas en estiércol para no olvidar su procedencia. La suya no es sin embargo la única estatua dedicada a un narrador en la ciudad. Oscar Wilde espera en una esquina de Merrion Square junto a la que fue su casa entre 1855 y 1876, un bello edificio de estilo georgiano cerrado al público.

El hombre del batín

Burlón y pomposo con su batín, sorprende al turista recostado sobre una roca, como si estuviera a punto de soltar alguna de las perlas que han hecho famosas sus frases, sentencias repletas de cinismo como «haría cualquier cosa por recuperar la juventud, excepto hacer ejercicio, madrugar o ser miembro útil de la comunidad».

Y es que si una característica une a la mayoría de los escritores irlandeses es su inclinación a tomarse la vida a risa a pesar de las lágrimas. Otra talla, la del autor dublinés por excelencia, James Joyce, asoma pensativa a O’Connell Street apenas dos calles más abajo de la sede del James Joyce Centre –35 North Great Georges Street–, donde además de dar a conocer su vida exhiben la puerta original del número 7 de Eccles Street, residencia del héroe de ‘Ulises’, y un impresionante mural con distintas escenas de esta obra que, según palabras del propio escritor, serviría para reconstruir fielmente la ciudad si una catástrofe asolara Dublín.

Fuera de la urbe, la la línea ferroviaria del DART nos acerca al pueblo costero de Sandycove donde la torre Martello, escenario del primer capítulo del clásico literario, acoge un museo sobre el novelista, o al puerto de Dalkey, en la que se desarrollan otras dos escenas y que también fue rincón de recogimiento para George Bernard Shaw.
De vuelta a la capital, la morada de Shaw, escritor y dramaturgo que firmó entre otros trabajos ‘Pigmalión’, aguarda en el número 33 de Synge Street. Llena de encanto victoriano, abre entre junio y agosto para mostrar el lugar en el que transcurrió la infancia de este dublinés marcado por el humor, uno de los tres Premios Nobel que ha dado la ciudad, quien afirmó, jocoso: «mi educación fue buena hasta que el colegio me la interrumpió». Conocer algo más sobre los otros dos tocados por el galardón sueco, W. B. Yeats y Samuel Beckett, es posible gracias al Dublín Writers Museum –18 Parnell Square North–, en el que además de explicar anécdotas de importantes literatos nacionales –hay audioguías en español– abundan primeras ediciones como la del ‘Drácula’ de Bram Stoker, publicada en 1897.
Ya en la zona suroeste, doce reyes de las letras irlandesas, grabados sobre placas, vigilan los jardines de la catedral de St. Patrick’s Cathedral, donde duerme el sueño eterno de uno de sus decanos más conocidos, Jonathan Swift, autor de la sátira política disfrazada de cuento ‘Los viajes de Gulliver’.



Las glorias de Trinity


Fuera de la ruta de los autores, tres citas ineludibles. La primera, a un lado de este centro religioso en St. Patrick’s Close, es Marsh’s Library, encantadora biblioteca que apenas ha cambiado desde su apertura hace 300 años, cuando para consultar los ejemplares más importantes encerraban a los estudiosos en jaulas con el fin de evitar robos. La segunda es la Chester Beatty Library –The Clock Tower Building, Dublin Castle– guardiana de una increíble colección de manuscritos y objetos de arte oriental fechados entre el siglo III a. C. y el XIX.

Y la tercera, la Biblioteca del Trinity College –College Green–, un espacio abovedado fascinante repleto de libros desde el suelo hasta el techo, donde el peso del saber se siente sobre el cuerpo y la emoción contenida deja al visitante sin fuerzas ni palabras mientras recorre con la vista la sucesión de tomos que han observado pasar siglos de historia. Su estrella absoluta es el Libro de Kells, evangelio copiado a mano por monjes celtas alrededor del año 800, tesoro nacional de una Irlanda dura, acostumbrada a los reproches de sus propios hijos, de la que Joyce escribió «ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema».

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