reportaje

Periodistas dentro de una novela

Desde el siglo XIX la literatura se ha detenido en los informadores, su vida y su función, dibujando personajes perversos, admirables o desopilantes

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Un tipo que vive en la calle, persigue historias, es capaz de juntar palabras a velocidad extra y suele tener bastantes más problemas que escrúpulos. Eso es, un periodista. Es decir, un «ignorante engreído que fracasó cavando zanjas o fabricando zapatos y hace un alto en un periódico mientras avanza hacia el geriátrico». La frase es de Mark Twain, que por cierto fue uno de los mejores periodistas de cualquier época. Alguien que conoció el oficio a fondo. Twain fue repartidor, tipógrafo, dibujante, redactor, reportero, corresponsal y columnista. Incluso llegó a dirigir un periódico.

Los cuentos de Mark Twain están llenos de periodistas inolvidables. El protagonista de 'Cómo llegue a ser director de un periódico agrícola' aterriza en el cargo sin saber nada de las cosas del campo y estima sensato recomendar a sus lectores que dejen de arrancar los nabos de sus huertos porque esa acción «perjudica indudablemente a la hortaliza». En 'El periodismo en Tennessee' aparece un director de periódico que corrige los artículos de sus redactores llenándolos de insultos, exclamaciones, acusaciones y amenazas. Mientras lo hace, intercambia disparos con el comisario de la ciudad a través de la ventana de su despacho y atiende personalmente a la gente que va a verle para retarle a un duelo.

Eran otros tiempos, claro. La profesión aún conservaba su carácter. Los textos de Mark Twain contribuyeron grandemente a perfilar la imagen colectiva del periodista moderno: un personaje cínico y peligroso, pero al tiempo tierno y aventurero. Aunque es probable que la primera novela en la que la prensa de la época industrial aparece retratada sin una gota de idealismo sea 'New Grub Street', el clásico de George Gissing publicado en Londres en 1891. En esta divertidísima y triste novela se aborda un conflicto que comenzaba a darse en la época: el choque entre la escritura artística y la escritura profesional. La novela de Gissing está llena de bohemios, buscavidas y artistas fracasados que terminan en los periódicos de la calle Grub, la antecesora de la mítica Fleet Street, hartos de que las musas no les den de comer. Imagínense el ambiente de una calle en la que tradicionalmente se habían agolpado las imprentas más baratas de Inglaterra, unas industrias especializadas en producir libelos a bajo precio.

En 'New Grub Street' el ecosistema literario se mezcla con el periodístico. En esa jungla oscurecida por una constante niebla etílica encontramos periodistas ambiciosos, críticos destructivos y jóvenes aspirantes que mantienen algunas reservas de inocencia. La novela anticipa con brillantez uno de los temas que serán constantes en la literatura con periodistas: el dilema de la integridad. Antes o después, los duros y cínicos reporteros de las novelas tendrán que elegir entre mandarlo todo al diablo o buscarse problemas por mantenerse pegados a la verdad. Pero esperen, uno de los personajes de Gissing se ha puesto reflexivo al fondo de un tugurio de la calle Grub: «¿La prensa? Es una maquinaria para arruinar el país».

Héroes

Antes de que llegasen los gacetilleros buscavidas de Gissing, la gran literatura ya había albergado a una reportera de importancia. Americana, decidida, independiente: «Henrietta Stackpole, que así se llamaba la amiga, gozaba de la ventaja de poseer una habilidad definida. Se había lanzado de lleno al periodismo, y sus crónicas al 'Interviewer' desde Washington, desde Newport, desde las White Mountains y otros lugares le dieron un prestigio universal».

La señorita Stackpole es la mejor amiga de Isabel Archer, la protagonista de 'Retrato de una dama', la novela de Henry James. En este caso, ella no sirve exactamente para ponerle rostro a la profesión de periodista. Sucede más bien lo contrario. Es el periodismo el que sirve para dibujar la personalidad del personaje. Henrietta es intrépida, optimista, ambiciosa, impertinente, feminista y bien humorada. Es periodista porque quiere serlo y porque es un oficio moderno que va muy bien con el carácter de la nueva América que Henrietta representa. Decidida a triunfar en su oficio, Henrietta aspira a «contar algo de la vida íntima del país». Cuando Isabel Archer le pregunta si sabe para qué sirven todo los esfuerzos que hace por abrirse paso, Henrietta no lo duda: «Sirven para convertirme en la reina del periodismo norteamericano. Si mi próxima crónica no la reproducen en todo el país, me trago el limpiaplumas».

Prácticamente al mismo tiempo que 'Retrato de una dama' era publicado en Estados Unidos, Guy de Maupassant presentaba en Francia otros de los textos fundamentales en la forja de la figura literaria del periodista: 'Bel Ami'. La novela cuenta la historia de George Duroy, un astuto arribista que hace carrera en la prensa francesa de la Tercera República. Como ocurrirá con muchos de los periodistas que aparecerán en las novelas durante los siguientes cien años, Duroy es al mismo tiempo un héroe y un antihéroe. En su personalidad conviven la ambición y el encanto, el engaño y la aventura. Los reporteros de los libros terminan por hacerse querer, aunque probablemente no lo merecen.

En 'Bel Ami' encontramos otro aspecto fundacional. Además de retratar a la clase periodística, Maupassant disecciona la sociedad parisina de finales del XIX. Para hacerlo, que su protagonista trabaje en los periódicos le es de una utilidad máxima. Al fin y al cabo, en ningún otro oficio Duroy habría tenido acceso a un espectro tan amplio de la sociedad. En el desempeño de su profesión tiene acceso a políticos, militares y banqueros, pero también a gente corriente e incluso a gente del submundo. Y Duroy maneja un caudal de información al que el resto de la población jamás podrá acceder. Los periodistas son gente corriente que, además de ser testigos de la realidad, participan activamente en el juego de la realidad. Los escritores no tardarán en darse cuenta de ello. En las redacciones, lo dijo Mastronardi, «se reproduce el rumor del mundo».

La bestia diaria

Por supuesto, estar en primera línea informativa puede ser tan excitante como absurdo. Lo sabe bien quien haya leído la que probablemente es la mejor novela escrita nunca sobre el mundo del periodismo: 'Noticia bomba'. El clásico de Evelyn Waugh es un texto tronchante y demoledor. También una sátira perfecta del periodismo contemporáneo.

La trama es conocida. Lord Cooper, magnate de la prensa de Fleet Street y propietario del 'Daily Beast', decide mandar al famoso novelista John Boot a cubrir la guerra de Ismailia. El problema es que hay una confusión y, en lugar de a John, le encargan el asunto a William Boot, un colaborador especializado en temas campestres que, cuando es llamado a la dirección del periódico, cree que le va a caer una bronca por un artículo que ha escrito, «lírico pero muy exacto», sobre las costumbres del tejón.

La escena en la que Lord Cooper se reúne con el pobre Boot para hacerle unas últimas recomendaciones antes de salir para África forma parte de cualquier antología de la novela cómica inglesa. Tras afirmar que a él no le gusta entrometerse en la labor de sus corresponsales, Lord Cooper le da al reportero algunos consejos: «El público británico quiere ante todo, por encima de todo y en todo momento, noticias. Recuerde que los Patriotas llevan la razón y que acabarán triunfando. El 'Beast' los apoya absolutamente en todo. Pero deben obtener una rápida victoria. Al público británico no le interesan las guerras que acaban siendo interminables y donde ningún bando parece capaz de decidir el resultado. Unas cuantas victorias aplastantes, algunos actos de valentía y heroísmo por parte de los Patriotas, y una pintoresca y animada entrada en la capital. Esta es la línea editorial del 'Beast' para esta guerra».

Lord Cooper es un teórico del periodismo. En su opinión, un corresponsal de guerra debe llevar pocas cosas encima, pero una de ellas conviene que sean «clavos ardiendo»: «Recuerdo haberle oído decir a Sir Jocelyn Hictchcock que en África siempre enviaba sus crónicas agarrándose a un clavo ardiendo. Me pareció un consejo muy útil. Llévese todos los que pueda».

Al salir del despacho de Lord Cooper, un desconcertado Boot le pregunta a su jefe directo quién lucha contra quién exactamente en Ismalia. «Creo que son los Patriotas contra los Traidores», le contesta. Una vez en África, Boot se encuentra con el resto de los corresponsales de guerra: una tribu terrible que no está dispuesta a que la realidad le arruine un despacho suficientemente trepidante. También se encuentra con la farsa de la política y la diplomacia y con lo absurdo de la lucha por el poder en África. Mientras tanto, no dejan de llegarle desopilantes telegramas desde Londres: «Telegrafíe Más Detalladamente Frecuentemente Rápidamente Stop Sus Crónicas Peores Que Resto Carecen Interés Humano Dramatismo Colorido Personalidad Humor Información Romanticismo Vitalidad».

Estirpe ácida

Publicada en 1938, 'Noticia bomba' marca claramente el tono con el que la clase periodística será tratada en la narrativa de la segunda mitad siglo XX. Entre la sátira y la denuncia, Waugh desvela las vergüenzas del periodismo moderno -su urgencia, su servidumbre y su falta escrúpulos- y marca una especie de frontera. A un lado quedarán las historias de periodistas honestos que persiguen la verdad enfrentándose al poder y asumiendo graves riesgos. En este grupo hay sitio para muchos periodistas respetables, desde algunos personajes de Somerset Maugham al protagonista de 'Soldados de Salamina', que acaba de dejar su trabajo en la redacción para dedicarse a escribir, desde el Zavalita de 'Conversación en la Catedral', que al comienzo del libro ha cambiado las noticias locales por los editoriales, hasta Mikael Blomkvist, el archihonesto, valeroso, recto y algo insoportable protagonista de la saga 'Millenium'.

Al otro lado de la frontera, los periodistas impresentables. Por ejemplo, los de 'Hacia el final de la mañana', la magnífica novela de Michael Frayn. O los que pueblan la obra de un digno heredero de la estirpe ácida de Waugh, Martin Amis, que siempre ha mostrado un gran interés por la prensa amarilla de su país. Ese interés se materializó literariamente en 'Perro callejero', una novela en la que Amis ponía en pie un tabloide absolutamente desquiciado, el 'Morning Lark', que incluía tal cantidad de basura sensacionalista y pornografía en sus páginas que llegaba a matar del susto a algunos de sus lectores. También Jaime Bayly dio una visión entre humorística y pesimista del oficio en uno de sus mejores libros, 'Los últimos días de La Prensa', novela que retrata el definitivo naufragio de una de las grandes cabeceras de la prensa conservadora de Perú.

Las sátiras sobre el mundo de la prensa incluso han llegado hasta el Mundodisco, el celebrado universo fantástico creado por Terry Prachett. En 'La verdad', el autor inglés construye una historia alucinante de periodistas en la que, por ejemplo, hay un vampiro fotógrafo que, cada vez que saca una instantánea, tiene evidentes problemas con el estallido lumínico de su propio flash. Dentro de los periodistas de ficción de naturaleza desastrosa, también hay sitio para los puramente cómicos. Sirva como ejemplo el lechuguino Psmith ideado por Wodehouse. Un dandi formado en Eton y aficionado al cricket que en 'Psmith periodista' termina enredado con una revista neoyorquina llamada 'Cosy Moments' y también con un número asombroso de peligrosos gánsters.

Detectives suplentes

No es raro, por cierto, que los periodistas terminen enredados con los gánsters. El género negro utiliza frecuentemente a los periodistas como personajes por razones obvias: un reportero es el sustituto natural de un detective. En el policial los periodistas son imprescindibles, ya sea como protagonistas o secundarios metomentodos. Entre los segundos, destacan por ejemplo los reporteros sensacionalistas de Elmore Leonard, esos tipos capaces de salir del armario de una habitación de motel en la que un pez gordo está haciendo algo indebido.

También Gálvez, el protagonista de las novelas policiacas de Jorge Martínez Reverte, es un periodista que atraviese una constante mala racha. Algo mejor le va a Annika Bengtzon, la protagonista de las novelas de la sueca Liza Marklund que, curiosamente, antes de dedicarse a la literatura fue jefa de Sucesos de un diario de su país. El protagonista de 'Tinta roja' la celebrada novela del chileno Alberto Fuget también es periodista. Y el Alberto Fierro, el personaje de Paco Ignacio Taibo II. Los ejemplos son abundantes. Y cercanos. En 'La noche vencedora', el 'quest' intimista con el que Jon Agiriano quedó finalista del premio Euskadi en 2006 conocimos a Emilio Hurtado, un periodista que trabajaba para un diario que se parecía notablemente a este que ahora mismo usted sostiene entre las manos.

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