Enrique Múgica. Exministro. Lee ocho horas diarias y tiene más de 16.000 libros
CÉSAR COCA
Si tras visitar la casa de Enrique Múgica alguien le preguntara de qué color están pintadas las paredes, usted, lector, sería incapaz de responder porque no habría visto ninguna. La razón es que todas y cada una de ellas, lo mismo en el salón que en las habitaciones, incluso en la escalera que da acceso a los dos pisos superiores, están cubiertas, del suelo al techo, por libros. La suya es una casa tomada por los libros, que, agotado ya el espacio en los anaqueles, comienzan a apilarse en forma de torres de dudosa estabilidad y trepan peldaños arriba, hacia el tejado. Hay más de 16.000 según cálculos de su dueño y al visitante se le antoja que la contabilidad se queda corta. El exministro y exdefensor del Pueblo ha creado volumen a volumen una de las mejores bibliotecas privadas de España y sin embargo hay en su colección muy pocos que haya adquirido por la belleza de la edición o la antigüedad de la misma. Su máxima a la hora de comprar libros, y lo hace de forma continua, es que se trate de textos que en algún momento tenga deseo de leer. Hay pasiones que se mantienen en secreto; la de Enrique Múgica es imposible de ocultar.
Él se autodefine como «un gran lector con biblioteca propia», frente a otros, que también los hay, «grandes lectores con biblioteca ajena». Lo de gran lector no parece exagerado: Múgica dedica una media de ocho horas diarias a la lectura. El menú es largo y variado: tres periódicos en papel y varios más en 'tableta', incluido 'Le Monde', y unos cuantos libros de forma simultánea. «A la cama me llevo siempre una novela, explica, pero durante el día suelo centrarme más en títulos de Historia o ensayos».
Infancia en San Sebastián
Una pasión de tal intensidad no surge de la noche a la mañana. La suya fue alimentada desde la infancia, en un hogar donde había muchos libros. «Mi padre, que era de Izquierda Republicana, era un lector voraz. A comienzos de los treinta, mi madre le regaló las Obras Completas de Shakespeare en la edición de Aguilar». Son los recuerdos más antiguos de su casa donostiarra y de un padre músico que murió en Francia en 1937, y una madre judía que había nacido en ese mismo país.
El exministro tiene un sentimiento ambivalente sobre la fuerza de la influencia recibida en su carácter de lector. Por un lado, porque sabe de muchos grandes escritores que se formaron en disciplinas muy alejadas de la literatura, y cita los ejemplos del matemático Echegaray, el ingeniero Benet o el psiquiatra Martín Santos. Por otro, fantasea a veces con el origen de su madre: «Como judía, pertenecía al pueblo del libro, de la palabra. La cultura moderna no se entiende sin la aportación del judaísmo. En EE UU, al psiconálisis lo llamaban 'ciencia judía'».
Se introdujo en la lectura siguiendo una secuencia habitual: primero llegaron las novelas de Salgari y 'El Coyote', luego las de aventuras de Julio Verne - «pero no las 'científicas', que esas no me gustaban», aclara- y ya más tarde Pérez Galdós, «todo Baroja, Azorín y Machado, casi todo Unamuno, Valle Inclán e incluso Maeztu. De ahí pasé a Ortega». Muchos de esos libros estaban en su casa pero otros los fue comprando. Las imágenes que guarda en su memoria han perdido color y definición, pero aún recuerda los primeros volúmenes que adquirió con su dinero. Lo hacía al salir del colegio de los Marianistas, en una librería pequeña al final de Aldapeta: poco a poco fueron engrosando su biblioteca «unos cuadernos biográficos con las vidas de Don Pelayo, Felipe II y personajes así, luego algunos títulos de Vargas Vila y más tarde de Baroja».
Son los títulos y los autores que iluminaron los días grises del más duro franquismo, aunque «en San Sebastián, en el subsuelo, había una gran vida cultural», comenta, recordando aquellos días. «Era una cabeza de puente de Francia en España. Y antes de que me retiraran el pasaporte iba mucho a las librerías de Bayona y Biarritz». Allí fue donde empezó a interesarse por la literatura extranjera, a la que llegó más tarde.
Amistades literarias
Nunca ha sido Múgica de prestar ni pedir prestados libros. Ha perdido más de uno. Pero lo que más siente es la desaparición del manuscrito de 'Tiempo de silencio', que se lo regaló el propio Luis Martín Santos. «Éramos muy amigos. Cuando terminaba un capítulo del libro, me llamaba, cenábamos juntos y comentábamos lo que había escrito». Por eso ahora recuerda con pesar que un día prestó ese manuscrito de la novela del malogrado escritor donostiarra a un amigo y que este alegó que a su vez se lo había pasado a otra persona para no devolvérselo. «No he vuelto a saber nada del manuscrito ni del amigo. El préstamo suele ser una donación no deseada», ironiza, tantos años después.
Ya en Madrid, donde vivía desde que hizo sus estudios universitarios, fue detenido y encarcelado varias veces. La prisión incentivó su pasión por la lectura. «Mi madre me llevaba libros a Carabanchel, y luego mi mujer hacía lo mismo pero en el penal de Burgos». La vida en común de Enrique Múgica y Tina Díaz ha estado marcada por los libros. También por la cárcel, aunque por fortuna para ambos solo en su primera etapa. Lo cuenta el exministro mientras posa para el fotógrafo: «Al día siguiente de hacernos novios, fui detenido y pasé directamente a la cárcel, así que ella empezó a llevarme libros a prisión bien pronto».
Los volúmenes que la madre y luego la novia primero y esposa después le llevaban superaban con facilidad el filtro de la censura previa. «Los censores, que eran curas, muchas veces no tenían ni idea y confundían las cosas. En 1956, mi madre me compró las Obras Completas de García Lorca, y en la biblioteca de la prisión tenían 'El Jarama', que acababa de ganar el premio Nadal».
Entre las cuatro paredes de su celda leyó también los libros que, a mediados de los sesenta, lo empujarían a dejar el Partido Comunista, en el que militaba desde la juventud. «Pude leer 'Ideología y utopía' de Karl Mannheim y 'El capitalismo contemporáneo' de John Strachey porque como en ellos no se citaba a España ni salían imágenes de Hollywood el cura los dejó pasar». Extraña censura aquella a la que se colaban textos así y en cambio castigaba la posesión de recortes de periódicos... autorizados por los mismos censores. Pero esa incoherencia permitió las lecturas gracias a las cuales Múgica abandonó «el Partido», así con mayúscula y con artículo determinado, como si no hubiera más que uno. Con ello, se alejó también de un cierto tipo de literatura de la que ahora reniega con un sonrisa: «La cerrazón mental de los comunistas era tal que sacábamos méritos a libros que tenían el premio Stalin, lo que es una barbaridad».
Llegados a este punto, Múgica extrae de los anaqueles con gran esfuerzo -los libros están tan apretados que apenas puede coger uno sin que caigan al suelo varios más- un tomo de poesía de Dionisio Ridruejo, 'En once años', que se publicó en 1950 y ganó el Nacional de Poesía. El libro se lo regaló el mismo Ridruejo, que entonces aún no había renegado del falangismo, y contiene una encendida oda a Franco. «No sabía que yo era del PCE. Tiempo después, al salir de la cárcel, Javier Pradera y Jorge Semprún le llamaron para decirle que ellos también eran del Partido». No es el único gran escritor de esa generación a quien ha tratado. «En 1954, Tamames me llevó a conocer a Vicente Aleixandre», explica. El futuro premio Nobel le dedicaría un ejemplar de 'Espadas como labios'.
Anaqueles a rebosar
No es probable que Julio Cortázar se inspirara en la vivienda madrileña de Múgica para escribir su cuento 'Casa tomada', pero no conviene descartarlo, aunque aquí el invasor es físico y tiene nombre y apellido: es cada uno de los autores representados en anaqueles y pilas de volúmenes. Y cada vez hay más porque todas las semanas suma a su colección más y más tomos. No compra por Internet porque el libro, antes de comprarlo, «hay que tocarlo, pasar sus páginas, ver cómo está editado... Hay que usar la vista, el tacto e incluso a veces el olfato, para comprobar a qué huele la tinta que ha utilizado el impresor». Al principio, marcaba cada ejemplar con su nombre y la fecha y la ciudad donde lo había adquirido. «Incluso tengo algunos con el visado de la censura del penal», añade.
Resulta muy difícil fijar los criterios usados por Múgica para guardar los libros, dado que la prioridad es encajarlos de forma que quepa el mayor número posible en los anaqueles. Y tampoco es sencillo adivinar de dónde ha sacado tiempo para leer tanto. «Un ministro puede rodearse de los mejores y confiar en ellos o, como hacía Felipe II, leer cada uno de los papeles de su Ministerio. Yo era de los primeros. Miraba los aspectos políticos y los técnicos los dejaba a los expertos del departamento. Eso me proporcionaba tiempo para leer, ir al cine... o a librerías a comprar más libros». Y allá se iba con sus escoltas, «siempre discretos», a buscar lo último, o aquella lectura que un día pudiera interesarle, porque ese ha sido el motivo principal para llevarse un libro a casa. Que en algún momento se viera tentado de leerlo, aunque eso le ha llevado a tener más de los que «se pueden leer en varias vidas».
Leerlos y a veces comentarlos, aunque las personas con las que compartió afición durante tantos años en el Congreso no fueron muchas: «Alfonso Guerra, gran lector; Joaquín Almunia, Gabriel Cisneros... y pocos más», confiesa. Con ellos conversó sobre lo que estaba de moda y los clásicos, lo que leía cada uno y lo que releían. Porque a cierta edad se dedica más tiempo a la relectura que al descubrimiento de textos nuevos. «Estoy empezando ya a hacerlo. Este verano volví a leer 'La Regenta', con temor por si me decepcionaba, pero ha vuelto a fascinarme. En cambio, no me atrevo a repetir títulos de Baroja, esencial en mi adolescencia. Ni los 'Episodios Nacionales' de Galdós, que me leí en un mes». Recuerdos que tienen su base en papel, en toneladas de papel que cubren las paredes con miles de historias por saborear o por disfrutar de nuevo. Una pasión incombustible.
1- Esta noche dime que me quieres. Federico Moccia. Planeta
2- Prisionero en el cielo . Carlos Ruiz Zafón. Planeta
3- El jardín olvidado. Kate Morton. Suma de letras
4- El temor de un hombre sabio. Patrick Rothfuss. Plaza&Janés
5- El imperio eres tú. Javier Moro. Planeta
6- La palabra se hizo carne. Donna Leon. Seix Barral
7- Años lentos. Fernando Aramburu. Tusquets
8- El temblor del héroe. Álvaro Pombo. Destino
9- Diario de invierno. Paul Auster. Anagrama
10- La sonrisa de las mujeres. Nicolás Barreu. Espasa
1- Viaje al optimismo. Eduardo Punset. Destino
2- La soledad de la Reina. Pilar Eyre. La Esfera
3- ¡Vamos!. Arantxa Sánchez Vicario. La Esfera
4- El precio del trono .Pilar Urbano. Planeta
5- Ahora yo. Mario Alonso Puig. Plataforma
6- Gente tóxica. Bernardo Stamateas. Vergara
7- Todos los niños pueden ser Einstein. Fernando Alberca. El Toro Mítico
8- Los desafíos de la memoria. Joshua Foer. Seix Barral
9- Saber cocinar postres. Mariló Montero. Temas de Hoy
10- Por ti lo haría mil veces. Isabel Sartorius. Martínez Roca
1- Artzapezpikuaren besita. Adam Bodor/ Unai Elorriaga. Elkar
2- Lasterka. Jean Echenoz. Meettok
1- Garrako gerrak Oñatin. Gogoratu Guran Taldea. Intxorta
2- 1512 Nafarroaren konkistak. VV. AA. Txertoa-Abarka
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