Francisco J. Ayala Científico. El amor al arte y los viñedos conviven en la cabeza de este biólogo molecular español afincado en California
LUISA IDOATE
Joaquín Pacheco le regaló un óleo de la Sábana Santa, inspirado en uno de Zurbarán que tenía su familia. Aquella obra fue el inicio de la colección de arte del biólogo Francisco J. Ayala (Madrid, 1934). «Fue mi primer cuadro importante. Representa el lienzo de la cara de Cristo. Era la sábana de Turín vista por un pintor expresionista que entonces tenía poco más de 20 años». Un artista a quien luego compró una acuarela de El Escorial, donde ambos veraneaban de niños. «Somos amigos. Tenemos la misma edad, 76 años. Fue discípulo de García Ochoa, del que también tengo cuadros». Conserva las pinturas y la relación. «Él sigue pintando y yo viéndole».
Ayala es biólogo. Profesor de la Universidad de California, investigador de la malaria y el mal de Chagas, descubridor del 'reloj molecular' y defensor del evolucionismo frente al creacionismo. Ha sido presidente de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS) y asesor científico del presidente Bill Clinton, y ha publicado centenares de artículos y una docena de libros. No podría enumerar de corrido todos los galardones de su apabullante currículo. Tampoco sabe con exactitud el número de obras de su colección de arte. «Posiblemente se acerquen a 300. Podemos ir sumando. Tengo cuarenta cuadros de pintores españoles de la segunda mitad del siglo XX, principalmente expresionistas figurativos y en formato grande; y otros tantos pequeños. Y otra media docena de cuadros abstractos, también importantes. Todos de la misma época; de pintores de mi edad o algo mayores, como García Ochoa y Joaquín Vaquero». A pesar de las mezclas, dice, existe cierta tendencia: «En general prefiero el arte figurativo».
Entre sus piezas más queridas está «una escultura preciosa» del mexicano Pedro Cervantes «muy difícil de describir». Lo intenta: «Es una figura de mujer, sólo hasta la rodilla, hecha en dos piezas enormes que giran. Está en mi jardín. Es una de las que más me emocionan». Al igual que la cuarentena de esculturas latinoamericanas que posee: «Hay una docena a tamaño natural y en bronce, de media tonelada de peso cada una. Son preponderantemente figurativas y de autores mexicanos, aunque también tengo una venezolana abstracta». La lista se redondea con una tanda de obras iberoamericanas más pequeñas, «donde hay bronces y cerámicas».
Es un observador implacable. Ayala mira mucho y calla más. No aparenta la edad que tiene. Se lo repiten tanto que bromea: «A los 74 sufrí un ataque de dislexia y pasé a los 47. Sólo fue un día, pero es suficiente. No necesitaré otro hasta dentro de 35 años, cuando cumpla de nuevo 74».
Encierro rompedor
Esa cifra ronda su fondo de arte oriental. «Tengo escultura china grande y pequeña, y bastantes piezas del Sureste asiático; algunas son objetos clásicos de cerámica muy importantes». A lo que añade «entre veinte y treinta piezas japonesas de ukiyo-e», la denominada 'pintura del mundo flotante' que triunfó en Tokio desde finales del XVIII hasta mediados del XIX, con grabados multicolores impresos xilográficamente en papel de arroz con planchas de cerezo, una por cada color. Una corriente que encandiló a la emergente sociedad urbana y mercantil tokiota. «No tengo ni idea de cuántas son en total, pero es una serie numerosa. Hay piezas pequeñas muy valiosas».
El arte empapa su casa. «Tengo las paredes cubiertas de obras, formando una representación un tanto simétrica. Es un edificio con muchos cristales y habitaciones muy grandes, donde mi mujer Hana y yo tenemos los estudios». La diseñó un colaborador de su amigo Ricardo Legorreta, y está próxima al campus de la Universidad de California en Irvine, donde trabaja y cuya biblioteca va a llevar su nombre. «Como se levanta en una colina, vemos las montañas y el bosque. El tercer piso es una sola habitación con terraza; de allí vemos el mar». Y está cerca del aeropuerto John Wayne - «como el actor, sí, porque allí vive su viuda»-, que le resulta indispensable para impartir conferencias por el mundo, como la que dio en Bilbao el pasado año, el día del 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin.
Dos obras irrepetibles arropan la entrada de su casa. A ambos lados de la puerta, las paredes sobresalen hacia adelante en diagonal, en ángulo de 45 grados. «En ellas tengo dos piezas únicas. Un bajorrelieve de un templo tailandés, que por el tamaño es más bien un altorrelieve. Lo encontré en una galería de Singapur. Me encantó. Lo compré». En el lado opuesto hay un encierro de toros de Heriberto Juárez, de 250 kilos y en bronce. «Ése sí es un bajorrelieve». Ni por asomo calculó el lío que supondría colocarlo. «Tuve que abrir la fachada del chalé y adosarlo metiendo unos tornillos enormes por detrás de la pared. No me di cuenta de la obra tan importante que necesitaba para colgarlo».
Ruinoso flechazo
Fue fugaz dominico. Luego buscó el origen de la vida en la Ciencia. Ayala estudió Física en la
Universidad de Madrid y Teología en Salamanca. Se instaló en Estados Unidos en 1961 y trabajó en las universidades de Columbia y Rockefeller, en Nueva York. En 1971 se mudó a la Universidad de California, para dar clases en Davis, donde sus hijos crecieron a un ritmo más calmado que el de la Gran Manzana. «Es ideal para tener niños. Un lugar muy seguro y plano, donde iba a trabajar andando o en bicicleta». Allí descubrió una nueva pasión: el vino. «Buscábamos una finca para pasar los fines de semana, un lugar verde y bonito. Nuestro agente inmobiliario nos dijo que había encontrado un sitio precioso, una explotación vinícola tan bonita que parecía diseñada por Hollywood». Era preciosa, admite. «Nos enamoramos de ella». Era de un consorcio de San Francisco y Standford. Los propietarios habían hecho una pequeña fortuna con ella, ironiza: «¿Sabes cómo se hace una pequeña fortuna con el vino? Se empieza con una grande y, al cabo de quince años, terminas con una pequeña. Perdían dinero. Querían vender y yo compré».
En 1980 era dueño de 160 hectáreas de viñedos, tan bellos como ruinosos. Estudió, aprendió, investigó el negocio. Consultó con expertos y supo que «todo estaba mal hecho». Borrón y cuenta nueva. Replantó nuevas variedades de uva. «Hasta 1992 tuve pérdidas; luego me recuperé, gané dinero y me expandí». Ahora tiene seis explotaciones que atiende a paso de marcha. Lo hace a diario, durante una hora. «A las siete de la mañana voy caminando de casa al despacho de la universidad, hablando por el móvil y haciendo negocios». Una especie de venganza genética: «Fui el único científico en una familia de negociantes». También fue pieza clave en el fallo del juez William Overton que, en 1982, sentenció que el creacionismo -la interpretación literal de la Biblia como un libro de historia y biología-, es religión y no puede enseñarse como ciencia en las escuelas públicas estadounidenses.
Es resolutivo y tenaz. Su último viñedo tiene 300 hectáreas. Ha necesitado ocho años para sacarlo adelante. «Me costó tres comprarlo, porque eran parcelas de veintitrés propietarios distintos». El área central era de cuatro dueños. Les ofreció una permuta de terrenos: el mismo número de hectáreas en una zona bien comunicada, lo que duplicaba su valor. «Y me hacía cargo de los costes del cambio». Dos aceptaron, y dos se hicieron de rogar. «Además de la nueva parcela, querían dinero». Se negó. A su puzle le faltaba la pieza central. «Les dije: 'Ahora o nunca. O venden o se quedan ahí para toda la vida, rodeados de viñedos'. Y aceptaron». Pero el cartero no siempre llama dos veces: «Ya no les pagué las gestiones del traspaso». Un lustro después ha recogido los frutos de las últimas vides que plantó allí. Dice su mujer, Hana, que, al volver de cada viaje, él tiene un nuevo viñedo. «Sí, pero es un poco exagerado».
Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Sirah, Petit Sirah, Zinfandel, Chardonet. Son algunas variedades de sus seis explotaciones, totalmente mecanizadas. «Son todas grandes. Se manejan localmente. En cada una construyo una casa para el gerente que la lleva, los tractores y equipos». Todo se dirige desde unas oficinas centrales. Y un experto, «capaz de arreglar cualquier máquina, vive pegado a un móvil y se ocupa del mantenimiento».
Buena producción
Lejos queda el flechazo de la ruinosa viña. Ahora el biólogo evolutivo produce al año 15.000 toneladas de uva que vende a bodegas como Mondavi, Gallo, McManis, Gott y Bogle. «En total a treinta diferentes, porque la cantidad es muy importante: significa 15 millones de botellas. Calculo que en un par de años produciré 17.000 toneladas».
¿Qué vino prefiere Francisco J. Ayala? «El que más bebo es Pinot Noir. Y el que más me gusta es probablemente el Cabernet Sauvignon, pero no va bien con los pescados suaves». También consume sus caldos. Cada año se queda con cincuenta cajas de dos variedades diferentes. «En total 1.200 botellas. Bebemos algo en casa, pero la mayor parte las regalo para actos benéficos y culturales». Como el que el Museo Getty organiza para obtener fondos, algo usual en Estados Unidos. «Les doy 40 ó 50 cajas y así gastan menos dinero. También las obsequia para la entrega de la medalla anual de la Universidad de California en Irvine, el equivalente a nuestro 'honoris causa'. Al mismo centro ha destinado el millón de libras del premio Templeton que recibió este año del príncipe de Edimburgo en el Palacio de Buckingham; será para becas de postdoctorado. «Yo no lo necesito».
1- Esta noche dime que me quieres. Federico Moccia. Planeta
2- Prisionero en el cielo . Carlos Ruiz Zafón. Planeta
3- El jardín olvidado. Kate Morton. Suma de letras
4- El temor de un hombre sabio. Patrick Rothfuss. Plaza&Janés
5- El imperio eres tú. Javier Moro. Planeta
6- La palabra se hizo carne. Donna Leon. Seix Barral
7- Años lentos. Fernando Aramburu. Tusquets
8- El temblor del héroe. Álvaro Pombo. Destino
9- Diario de invierno. Paul Auster. Anagrama
10- La sonrisa de las mujeres. Nicolás Barreu. Espasa
1- Viaje al optimismo. Eduardo Punset. Destino
2- La soledad de la Reina. Pilar Eyre. La Esfera
3- ¡Vamos!. Arantxa Sánchez Vicario. La Esfera
4- El precio del trono .Pilar Urbano. Planeta
5- Ahora yo. Mario Alonso Puig. Plataforma
6- Gente tóxica. Bernardo Stamateas. Vergara
7- Todos los niños pueden ser Einstein. Fernando Alberca. El Toro Mítico
8- Los desafíos de la memoria. Joshua Foer. Seix Barral
9- Saber cocinar postres. Mariló Montero. Temas de Hoy
10- Por ti lo haría mil veces. Isabel Sartorius. Martínez Roca
1- Artzapezpikuaren besita. Adam Bodor/ Unai Elorriaga. Elkar
2- Lasterka. Jean Echenoz. Meettok
1- Garrako gerrak Oñatin. Gogoratu Guran Taldea. Intxorta
2- 1512 Nafarroaren konkistak. VV. AA. Txertoa-Abarka
© EL CORREO DIGITAL,
S.L., Sociedad Unipersonal
Domicilio c/ Pintor Losada, 7 (48004) Bilbao
Inscrita en el RM de Vizcaya: Diario 229, Asiento 159, Tomo 3823, Libro
0, Folio 200, Sección 8, Hoja
BI-26064 C.I.F.: B-95050357
Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción, distribución,
comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos
de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y
escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción
y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa
con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos,
a la que se manifiesta oposición expresa.
Contactar | Aviso legal | Política de privacidad | Publicidad | Mapa Web | Master El Correo