pasiones confesables

«Leer me aporta otras vidas»

Juan Ignacio Pérez Catedrático y ex rector de la UPV/EHU | Desde que leyó 'La guerra del fin del mundo', es un ferviente seguidor de la obra narrativa de Vargas Llosa

:: CÉSAR COCA.

Juan Ignacio Pérez, ex rector de la Universidad del País Vasco, fue un lector clandestino en su adolescencia. No porque leyera libros prohibidos, que no tenían tal consideración 'Fortunata y Jacinta' o 'La Regenta', dos de sus favoritos en esos años, sino porque lo hacía en su cuarto, mientras su familia creía que estudiaba. Leía también en el Instituto, cuando se aburría en una clase, y entonces su mirada se deslizaba a hurtadillas sobre las páginas de 'El Buscón' o de alguna novela de Stevenson. Vivía entonces las primeras manifestaciones, virulentas como corresponde a esos años de iniciación, de una pasión lectora que aún no había encontrado el que había de ser su mayor objeto de deseo. Sería ya en la Universidad, próximo a terminar la carrera de Biología, cuando un día cayó en sus manos 'La guerra del fin del mundo'. Desde entonces, Mario Vargas Llosa, el flamante Nobel de Literatura -la conversación tuvo lugar tras el anuncio del premio, aunque había sido concertada antes-, es su escritor de cabecera, el autor de la mayor parte de las novelas con las que más ha disfrutado, el creador de los mundos de ficción en los que prefiere sumergirse.

Han pasado cuarenta años, pero recuerda con nitidez que cuando tenía nueve recibió sus primeros libros, empaquetados como regalo de Reyes Magos. Eran unos volúmenes de la colección 'Historias Selección', una serie inolvidable para un par de generaciones de españoles, en la que se combinaban páginas de texto con otras que aportaban un resumen del mismo puesto en dibujos. «Me acuerdo que entre ellos estaban 'Ricardo Corazón de León' y algo de Historia Sagrada. Empecé leyendo las páginas que tenían viñetas y luego me picó la curiosidad por el texto y me di cuenta de que el relato era mucho más gratificante y comprensible».

Pérez nació en Salamanca pero en el momento de la adolescencia ya residía en Vizcaya. Entre sus recuerdos escolares de aquellos años figura en lugar preferente una profesora del Instituto de Portugalete -antes había estado un año en el de Rekalde- que transmitía una pasión encendida por la lectura. Hay algunos libros inolvidables de ese tiempo: «Me quedé prendado del 'Buscón' y de los 'Romances de los Infantes de Salas'. Todavía recito fragmentos de este último texto y recuerdo escenas completas del Buscón». Y para demostrarlo repite la descripción que Quevedo hace de su personaje: «Un clérigo cerbatana, largo solo en el talle».

En su trayectoria de lecturas hay poca literatura juvenil, si se exceptúan unos cuantos volúmenes de la serie de 'Los cinco'. Luego, saltó a Verne, Dumas y Stevenson. Son los libros que leía a escondidas en su cuarto, sentado de tal forma que si sus padres abrían la puerta tuviera tiempo para hacer como que estaba con unos apuntes. O los que disimulaba entre sus cuadernos, en el Instituto, para ir avanzando en sus páginas durante las clases que no despertaban su interés. Luego subió otro peldaño, hasta llegar a 'Fortunata y Jacinta' y 'La Regenta', dos de los textos esenciales de la literatura en español del siglo XIX.

Personajes mesiánicos

Hasta que, de forma casual, tropezó con uno de los autores mayores de la literatura contemporánea. «Algunos fines de semana y un verano, al final del Bachillerato, trabajé en el 'Cubitas'. Un día, en mi camino de casa hasta allí, vi en el escaparate de una librería 'Absalón, Absalón', de William Faulkner. Me atrajo el título y lo compré». Tras ese título vinieron otros y Juan Ignacio Pérez fue conociendo la vida y los personajes del condado de Yoknapatawpha, el territorio imaginario de Faulkner que tanta influencia tuvo en el 'boom' latinoamericano.

Y aquí aparece Mario Vargas Llosa. En principio, uno más en la cadena de lecturas de un universitario. «En esos años quitaba tiempo al sueño para leer», explica. «Nunca fui un estudiante con una gran dedicación; la carrera era más fácil que ahora y tampoco requería demasiado tiempo, de manera que salía y leía mucho». Es el tiempo de Faulkner, de García Márquez -«un grandísimo escritor, pero de una novela, 'Cien años de soledad'; a partir de ahí dejó de interesarme»- y de Marsé, de quien cita con especial devoción 'Si te dicen que caí'. «Entonces me sentía muy de izquierdas y lo que estos autores escribían coincidía en gran medida con mi forma de ver el mundo, así que todo aquello para mí era un aprendizaje».

A comienzos de 1982, con 21 años, cae en sus manos 'La guerra del fin del mundo'. «Fue la primera vez que vi en una novela una imagen tan negativa de la especie humana. Es muy pesimista y está poblada por personajes terribles, fanáticos, mesiánicos... Me dejó muy mal cuerpo». Muy mal cuerpo pero unas ganas enormes de leer otros libros del escritor peruano. Así empezó a recorrer su producción: apenas unas semanas después ya había devorado 'La casa verde' y 'Conversación en la Catedral'. Y era solo el principio.

Una de las cosas que más admira del flamante Nobel es que usa escenarios reales pero articula la acción mediante técnicas narrativas complejas y de gran poder expresivo. «Hace del lector un sujeto activo que debe reconstruir la historia. Eso choca al principio, pero luego disfrutas mucho más. Recuerdo que, cuando estaba leyendo 'Conversación en la catedral', hubo un momento en que pensé que había un error de encuadernación en el volumen, por el salto temporal». Ahora tiene gustos más amplios, explica, aunque sigue sin seducirle un «cierto tipo de literatura del siglo XX» que ejemplifica en Joyce y Proust. «No me interesan el monólogo interior ni las pretensiones puramente esteticistas», aclara, aunque eso no significa que no dé importancia a la calidad de la escritura.

Al fondo, la política

Desde que creció esa afición por las obras de Vargas Llosa, compra cada una de sus novelas en cuanto aparecen, aunque no siempre las lee de inmediato. 'La fiesta del Chivo' la aparcó hasta hace un par de años. Había una razón especial: «No me gustan las historias tan crudas. Cuando sé que una lo es, la dejo para un momento especial, normalmente el verano. Antes digería mejor esos temas. Quizá es porque los jóvenes éramos más duros, o lo pensábamos».

También sigue sus artículos periodísticos y coincide con muchas de sus opiniones, aunque no en todas. «Yo soy liberal y siempre que en alguna conversación alguien lo critica salgo en su defensa y apoyo que debemos diferenciar en una persona sus ideas y su trabajo creativo», dice a modo de explicación, aunque sostiene que los argumentos del escritor no tienen en ese ámbito más valor que los de otros articulistas.

De todos modos, no entiende algunas críticas aparecidas a raíz de la concesión del Nobel. «Yo no renunciaría a unas novelas con las que disfruto mucho por el hecho de que su autor me caiga gordo», dice gráficamente. Pero no es el caso. «Vargas Llosa fue el primero del 'boom' que dejó de ser de izquierdas, y eso le granjeó enemistades. Nunca lo he comprendido», asegura. A su juicio, el mayor error de su biografía fue presidir la comisión creada por encargo de Belaúnde Terry para investigar el asesinato de ocho periodistas, que exculpó a los militares, cuando más tarde se supo su participación en la matanza.

«Ha evolucionado hacia un mayor liberalismo», comenta Pérez del escritor. «Eso es tan respetable como si su trayectoria hubiese sido la contraria. Pero es una tontería decir que apoya a las dictaduras, porque su narrativa está llena de compromisos con la libertad y frente a los totalitarismos». En cualquier caso, entiende que su obra «va mucho más allá y es mucho más importante que sus manifestaciones». A juicio del ex rector, para Perú fue «una desgracia» que Vargas Llosa perdiera las elecciones presidenciales ante Alberto Fujimori y «una suerte» para los lectores. Y le irrita la descalificación de su obra a partir de su ideología, sobre todo porque quienes lo hacen «son los mismos que no tienen nada que objetar a los autores que bendicen a Castro o Chávez».

Fabulación

Pero volvamos a la literatura. ¿Cuánto tiempo le dedica? «En una semana típica, pueden ser unas diez horas, quizá algo más. Siendo estudiante, incluso ya en el doctorado, eran tres o cuatro diarias, pero ahora no puedo sostener ese ritmo». El actual le permite leer casi medio centenar de libros al año, aunque compra el doble. Y de tanta lectura se derivan también agradables ratos de charla e intercambio de opiniones con sus colegas de la Facultad. «Ahora hago menos vida de departamento, pero antes era uno de los temas de los que más hablábamos, y nos poníamos al día de lo último que cada uno había leído».

Científicos en busca de ficción. Una combinación sugerente. ¿Qué le aporta a un estudioso de la vida real un mundo de ficción? «Leer es la afición de mi vida. Hay dos razones por las que se lee: una tiene que ver con el gozo de esa construcción esteticista, con la música que emana de las palabras; otra se relaciona con la reconstrucción de un mundo, con la posibilidad de vivir otra vida. Yo soy de estos últimos: leer me aporta otras vidas, me da acceso a experiencias que por mis medios no podría tener nunca, me permite formar parte de una fabulación».

No es Vargas Llosa el único que le proporciona esos mundos, por supuesto. En su lista de autores favoritos hay otros, aunque un peldaño por debajo: Jesús Fernández Santos, Vázquez Montalbán -sobre todo, 'El pianista'-, la novela negra anglosajona clásica, Mankell, P.D. James, Ramón Saizarbitoria, Atxaga, Anjel Lertxundi... y otros muchos, entre ellos Kirmen Uribe, de quien le ha entusiasmado su 'New York-Bilbao-New York'. Aunque la pasión mayor es Vargas Llosa y con 'El sueño del celta' tiene nuevo alimento para cultivarla. Hay lectura para rato.

«Hace del lector un sujeto activo que debe reconstruir la historia que le está contando»

·'Pasiones confesables' es una serie de reportajes que cada mes desvelan una afición cultural de una personalidad del mundo político, empresarial o social.

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