pasiones confesables

«Mi ideal era ser escritora»

La literatura ha sido, desde niña, una vocación a la que entregarse «cuando fuera mayor», confiesa la socióloga, que ahora dirige Emakunde

CÉSAR COCA. María Silvestre tenía 11 años cuando en una redacción escolar puso que de mayor quería ser escritora. Recuerda con toda nitidez a la profesora que le encargó aquel ejercicio: «Me dijo que le parecía muy bien y que, si me lo proponía, lo podría conseguir».

La directora de Emakunde asistía entonces a un colegio en el barrio de Sarriá, en Barcelona, muy cerca de su casa y, fuera por el comentario de la maestra o por una vocación de contadora de historias que aún mantiene, comenzó un diario que con interrupciones llevaría durante una década y luego prolongaría en unos cuadernos de viaje que sigue escribiendo cuando está de vacaciones. Pero no es sólo eso. Otras muchas veces, a impulsos de la inspiración o la necesidad de plasmar sus pensamientos y sus sentimientos, María Silvestre se sienta en la cocina de su casa -siempre en el silencio de la noche, cuando su marido y sus hijos ya duermen-, enciende su ordenador portátil y escribe. Esa es su pasión y esta es su historia.

Hay pequeñas experiencias, asuntos sin la menor relevancia, que permanecen grabados a fuego en la memoria, con los contornos mucho más perfilados que otros episodios de mayor trascendencia. Una de esas vivencias menores de María Silvestre está relacionada con la escritura y su naciente vocación, animada por la profesora de Lengua. «Estaba en 6º de EGB cuando escribí un poema dedicado a un chico. Lo presenté a un concurso escolar y gané». El premio era una historia de la música catalana, pero la pequeña María no contaba con que debía leer aquel poema delante de toda la clase. «Casi me muero», reconoce tantos años después.

No murió, claro, ni tampoco dejó de escribir, pero durante muchos años sus textos apenas tuvieron lectores. Los cuadernos de su diario se iban llenando con poemas y reflexiones íntimas. Sobre todo, recuerda, a partir del momento en que supo que por razones profesionales su familia debía dejar su Barcelona natal y trasladarse a Bilbao. A la capital vizcaína llegó justo para empezar la carrera. Su primera intención era estudiar Filología Hispánica, pero tuvo miedo porque no había estudiado Griego y terminó matriculándose en Sociología en la Universidad de Deusto (facultad de la que años más tarde, ya profesora, llegaría a ser Decana). Durante un par de años, continuó su diario, pero con un cambio de rumbo: sus anotaciones se referían más a los temas que surgían en el aula.

Apenas conserva unos pocos cuadernos de los muchos que llenó en esos años. En su gran mayoría, «desaparecieron en los traslados», explica. Y los que aún guarda son casi secreto de Estado. Sólo su marido ha leído algunos fragmentos. Ella misma es reacia a revisarlos. «Me da mucho pudor», dice para justificarse.

Durante la infancia y la adolescencia, María Silvestre leyó mucho. «Empecé pronto y en pocos años me leí la literatura juvenil entera. Luego, a los 15, tuve unas anginas con mucha fiebre y como debía estar en casa aproveché para leer 'Los hermanos Karamazov'. Esa fue mi puerta a la literatura más adulta». A partir de ahí las lecturas se fueron decantando y recibió influencias sobre todo del llamado 'realismo mágico' que para ella tiene sus cimas en dos novelas: 'Cien años de soledad' y 'La casa de los espíritus'. «Me parece que son la visión masculina y femenina de la misma realidad. Ambas me entusiasmaron, aunque luego todo lo que he leído de García Márquez me ha gustado mucho y en cambio lo de Isabel Allende me ha parecido más irregular».

Historias muy próximas

Fuera del ámbito latinoamericano, Jane Austen y Milan Kundera están también entre sus favoritos. «Leí 'La insoportable levedad del ser' en una noche. Es la única vez que he hecho algo así. Sólo me pasó algo parecido con 'Entre las montañas', de Rosina Lippi. Lo compré sin saber nada de su autora, en un aeropuerto, y me pareció tan maravilloso que tuve que seguir leyendo prácticamente sin interrupciones hasta que lo acabé».

La estela del realismo mágico está presente de alguna manera en las historias que María Silvestre ha puesto sobre el papel. «Mi madre era canaria y pertenecía a una familia a la que en la isla de La Palma llamaban 'los Londones', porque algunos habían ido a estudiar a Londres. Ella contaba episodios de la vida de sus padres y sus abuelos y yo le dije que un día escribiría la historia de la familia». Ya ha comenzado a hacerlo. En 1999, escribió un cuento con una de esas anécdotas familiares y lo presentó al concurso Relatos de Mujer, convocado por el Ayuntamiento de Bilbao. Antes, se lo leyó a su madre y -cosa excepcional- a algunos amigos. En los últimos tiempos, ha publicado un pequeño ensayo sobre la esencia femenina en la revista de la Universidad de Deusto y trató de introducir también algunos elementos literarios en la conferencia de apertura de curso que pronunció el año pasado. «Pasé el verano algo angustiada con el texto que debía preparar, pero luego sentí una gran satisfacción cuando al terminar el acto varias personas se acercaron para decirme que les había gustado».

¿Puede ser la escritura para la directora de Emakunde algo más que una pasión nocturna, una vocación narrativa que quita horas al sueño sin cristalizar en textos salidos de la imprenta y puestos en una librería? «Ser escritora ha sido mi ideal para cuando fuera mayor», confiesa sonriente. «Pero nunca he hecho una apuesta realista».

A impulsos

Por si acaso, escribe. Sin regularidad, a impulsos. «Hay situaciones de la vida que me mueven a escribir. Por ejemplo, hace unos años murieron mis padres, con muy poca diferencia de tiempo, y por esa misma época adoptamos una niña. Entonces tuve verdadera necesidad de escribir». Desde que es madre, lo hace siempre por la noche, en un ordenador portátil. Durante muchos años, escribió a mano y luego lo pasaba a máquina. «Me costó mucho dejar el cuaderno y conseguir la fluidez necesaria en el teclado. Ahora ya no tengo problemas y casi no escribo nada a mano».

Otra cosa son sus cuadernos de viaje, que rondan la docena. El primero recoge las anotaciones de su estancia en Egipto, en su luna de miel. El último es del pasado verano. «Cuento lo que he sentido en esos lugares, en un intento de preservar la memoria de los mismos. También hago muchas fotografías y guardo pequeños recuerdos: entradas a museos, monedas y 'souvenirs' de esos típicos para turistas». Tiene el proyecto de retocar y ampliar un día esos textos, pero únicamente para su satisfacción personal o, como mucho, la de algunos familiares y amigos.

Tanto esos cuadernos como los relatos y los apuntes más ensayísticos surgen cuando tiene algo así como una necesidad de hacerlo. Por eso no tiene miedo al folio en blanco, o a la pantalla del ordenador inmaculada. «Sólo escribo cuando sé lo que voy a decir, y como no soy una profesional no me preocupo demasiado por cuestiones técnicas como la estructura o los personajes». Su pensamiento se ordena en palabras con fluidez y por eso se considera «bastante rápida» escribiendo. También reconoce que corrige poco, en parte porque no lee demasiado lo que escribe. Eso no significa que no sea exigente. «Lo soy en el sentido de que pienso que podría hacerlo mejor. Pero eso no me lleva a revisar o rehacer los textos. Así son y así se van a quedar». Sólo algunos han recibido una atención especial, como el que presentó al concurso.

¿Publicar sus textos? «No lo he pensado seriamente pero por mera cobardía», confiesa. «Me encantaría que la gente los leyera y le gustaran, pero si no he hecho nada por publicarlos puede que en el fondo sea porque soy consciente de que que no he trabajado lo suficiente en ellos». ¿Por qué sigue escribiendo entonces? ¿Quiere ser una autora con centenares de folios en un cajón o en una carpeta en el disco duro de su ordenador? «Escribo simplemente porque me resulta agradable. De todas formas, hay temas sobre los que no escribo porque sé que me obligaría a sincerarme mucho conmigo misma y no me apetece. Y otras veces, en cambio, me pongo a ello porque quiero preservar algunos recuerdos».

Por eso hay más realidad que ficción en su producción, más textos ensayísticos con más o menos estilo literario que relatos puros. Todo eso pudo haber cambiado, lo reconoce, si llega a ganar aquel concurso literario hace unos años. Quizá entonces se habría decidido a publicar. Nunca es tarde. «Sé que lo más probable es que no consume mi vocación de escritora en un sentido pleno, pero me da mucho ánimo conocer casos de autores que han empezado a publicar ya mayores». Lo dice y no queda claro si en su voz hay esperanza. De momento, escribir es para la directora de Emakunde una pasión.

n c.coca@diario-elcorreo.com

Extracto del cuento 'Los Londones'

En La Palma ninguna familia de renombre se libraba del apodo, los había para todos los gustos; individuales, como el de Don Pascual, que por llevar siempre el periódico bajo el brazo era conocido como 'el sobaco ilustrao', o nombres que referían a una familia entera y sus descendientes, tal era el caso de 'los Londones', todos los hijos varones habían recibido una estricta educación británica, habían estudiado en un internado inglés, donde no llegaron a enterarse de que Europa se batía en su primera gran guerra. Su padre los enviaba al principio del curso escolar y no regresaban a la isla hasta la verbena de San Juan. El viaje se demoraba meses, así que apenas si estaban en casa. Casi se podría decir que marchaban siendo unos niños y regresaban adultos; jóvenes de dieciocho años, altos, fuertes, chatos y de tez morena.

Las hijas, por su parte, habían contraído provechosos matrimonios gracias no sólo a su elegante porte aristocrático, sino también a las cuantiosas y suculentas dotes que Don Francisco Cabrera, su padre, les había asignado. Todas menos dos, Consuelo, la hija mayor y Merceditas, la menor de los diez.

Entre las dos hermanas había algo más que una cariñosa relación fraternal, su madre había muerto tras dar a luz a Merceditas, desde ese momento, Consuelo asumió todas las responsabilidades, tanto las de la casa como las de la crianza de sus cinco hermanos y cuatro hermanas. Por eso cuando Merceditas adoptó aquella irrevocable decisión, Consuelo se empecinó en no olvidar ni perdonar. El orgullo invadió su alma y la amargura de su carácter definió sus días.

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