literatura

Ficciones de Ignacio Aldecoa

Madrid y Vitoria acogen una serie de homenajes al escritor alavés. Fernando Aramburu, uno de los participantes en los mismos, reflexiona sobre sus cuentos

:: FERNANDO ARAMBURU.

La historia del cuento español del siglo XX quedaría gravemente incompleta sin el estudio de las casi setenta piezas, algunas de notable extensión, que legó a la posteridad Ignacio Aldecoa. Quizá no fuera incongruente conjeturar que la pérdida rebasaría el mero límite de la literatura. Tan perjudicado, si no más, resultaría el conocimiento relativo al modo como la gente de extracción social humilde conllevaba la época histórica que también correspondió al autor.

Todas las ficciones de Aldecoa, incluidas las de género novelesco, se sitúan en el suelo y los mares de España, sin otra salvedad que un breve pasaje, al final de la novela Gran Sol, en que los pescadores protagonistas salen a un pueblo de Irlanda para enterrar a su patrón fallecido. Todas transcurren, además, en tiempos de la dictadura de Franco, a quien jamás nombran no obstante haber sido escritas con la voluntad ostensible de dirigir un testimonio crítico contra su régimen. En algunas de ellas todavía resuenan ecos de la última Guerra Civil.

Es razonable que un lector concibiera el sueño grato de compartir aventuras con los piratas de Stevenson. ¿Quién no se apuntaría a un encuentro fortuito con don Quijote y Sancho en una venta manchega de comienzos del siglo XVII? Cuesta, en cambio, imaginar que una persona provista de uso de razón (o simplemente aficionada a la sonrisa) ambicionase para sí las arduas condiciones sociales y el consabido destino adverso y gris que la literatura de Aldecoa depara de costumbre a sus actores.

Narrar lo anodino

Abundan entre los cuentos de Aldecoa aquellos que fijan su atención narrativa en hechos anodinos. Los interpreta gente común atada a la miseria cotidiana del suburbio, al retraso de la población rural, a los rigores del trabajo duro, peligroso, mal remunerado. Cualquiera, se diría, está en condiciones de protagonizar un cuento de Aldecoa con tal que sea un pobre ciudadano español de la posguerra.

El elenco de desdichados es numeroso. Algunos parecen repetir presencia con distintos nombres y fisonomías. Son frecuentes los niños desvalidos, a menudo señalados por alguna terrible enfermedad; los amantes pobretones, los rústicos sin medios económicos que buscan fortuna en los arrabales de la gran ciudad, los maridos borrachos, las mujeres cargadas de hijos y las solteronas; en fin, los menesterosos de toda laya que calientan su miseria en la taberna o el café, o que se pudren de soledad entre cuatro paredes desvaídas. Ninguno muestra aptitudes para la introspección. Carecen de dinero, de energía intelectual y tiempo libre para consagrarse a la reflexión sobre sus problemas. Su vida interior está hecha, no de sutilezas psicológicas, sino de sencillez desnuda, de urgencias elementales, a menudo de amargura y casi siempre de ilusiones frustradas.

En balde buscará el lector en medio de tanto desamparo una línea jocosa. Si un personaje, cosa rara, manifiesta un rasgo de humorismo, lo más probable es que a sus palabras las acompañe un dejo de sarcasmo. Y, sin embargo, no da la impresión de que Aldecoa se ensañe con sus figuras, colmándolas de lacras e infortunios al modo de Cela o de Quevedo para exhibir florituras de estilo, para poner por obra juegos de palabras o chanzas crueles. Antes al contrario, Aldecoa dispensa a las suyas un trato digno, lo que con frecuencia implica que resalte en ellas sus flancos más nobles y las presente como solidarias, entrañables, laboriosas, en claro contraste con los burgueses ociosos y aburridos a los que el autor acostumbra ridiculizar sin compasión.

Realismo social

El mundo de los oficios constituye otra fuente argumental de primer orden en las ficciones de Ignacio Aldecoa. La peripecia cotidiana de maquinistas, albañiles, jornaleros, aprendices de esto y de lo otro, etcétera, sostiene el núcleo temático de un gran número de cuentos que comportan, conforme a los postulados del realismo social vigente en España a mediados del siglo XX, tanto una exaltación de los valores positivos del trabajo como una crítica de las injusticias y desigualdades padecidas por las capas populares.

No es de los menores méritos de Aldecoa haberse abstenido de ejercer dicha crítica en detrimento del arte literario. Gracias a ello su literatura continúa significando, aunque difieran las interpretaciones, más allá de la época en que fue escrita y en estructuras sociales diferentes de aquella a la que él aplicó su destreza verbal. Sus cuentos y novelas están por fortuna exentos de pasajes que perturban el discurso propiamente narrativo con alguna clase de adherencia política o moral, o con elementos superfluos encaminados a transmitir enseñanzas. Aldecoa no moraliza, sino muestra. De modo que es al lector perspicaz a quien compete extraer conclusiones a partir del relato de multitud de destinos individuales, de la descripción de ambientes y de los diálogos. Bien es cierto que en ocasiones el ejercicio de la mostración ahoga la trama. Ocurre así en piezas que hoy vemos escoradas en exceso hacia el lado del costumbrismo, defecto no obstante compensado con una prosa de calidad.

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