literatura

El legado de Bellow

Una nueva traducción de este Nobel da una buena oportunidad de acercarse a uno de los novelistas mayores del siglo pasado

PABLO MARTINEZ ZARRACINA. Durante años, nos ha ocurrido algo extraño con Saul Bellow. La crítica le situaba en la primera línea de la narrativa mundial y cada uno de sus nuevos libros llegaba acompañado de los redobles del acontecimiento. Mientras tanto, su nombre era pronunciado con veneración por algunos de nuestros escritores favoritos. Philip Roth afirmaba que era, junto a Faulkner, «la espina dorsal de la literatura norteamericana del siglo XX». En su opinión 'El legado de Humboldt' era «el Eclesiastés reescrito en versión humorística». Para Ian McEwan, los libros de Bellow «ensanchaban un poco más nuestro universo». Salman Rushdie y Christophen Hitchens opinaban que 'Las aventuras de Augie March' era «la Gran Novela Americana», esa quimera en tapa dura. Martin Amis elegía a Bellow como padre literario en 'Experiencia' y le nombraba «el autor americano más importante de cualquier época».

La reacción más natural ante este -llamémoslo así- entusiasmo de gran categoría consistía en echarse a la calle a medio vestir, llegar corriendo a la librería más cercana y comenzar a golpear el mostrador, jadeando, impacientes, con el rostro suavemente enloquecido: «Bellow, Bellow... póngamelo todo». Lo extraño es que a continuación comenzábamos a leer aquellos libros y, bueno, no entendíamos demasiado. El gran Bellow era un amasijo de verbosidad, exclamaciones y tenso intelectualismo. Un estallido incomprensible. ¿Cómo podían Roth, Mc Ewan, Rushdie y Amis (y también Arthur Miller, Vargas Llosa o Banville) equivocarse en un juicio de excelencia literaria?

Sólo quienes tuvieron suficiente fe en su inglés como para enfrentarse en estado original a la prosa de Bellow (intensa, expansiva, culta, irónica, enrevesada, ascendente), se dieron cuenta de lo que ocurría. Las traducciones de muchos de aquellos libros eran malas. Horribles. Es cierto que eso ocurre a menudo con otros autores, pero en el caso de las novelas de Bellow una mala traducción no se limitaba a dificultar la lectura, sino que las transformaba en algo inexplicable: una delicada sinfonía mental que era interpretada por una orquesta cuyos miembros hubiesen intercambiado sus instrumentos.

Por fortuna, desde hace unos años Galaxia Gutenberg está publicando nuevas traducciones de los libros fundamentales de Bellow. 'El legado de Humboldt' -quizá su novela más asombrosa- ha sido el último en aparecer, en una magnífica traducción a cargo de Vicente Campos. Antes se publicaron nuevas versiones de 'Carpe Diem', 'Herzog' y 'Más mueren por desamor'. Si a eso le sumamos que la versión española de la última novela del americano -'Ravelstein' (Alfaguara)- es buena, y que también lo son, más o menos, la edición del clásico 'Las aventuras de Augie March' de Cátedra y los 'Cuentos reunidos' (Alfaguara), el lector español puede hacerse una idea fundada del descomunal talento literario de Bellow y mirar hacia el palco de autoridades y decir 'sí' con la cabeza a Roth, Rushdie, McEwan y compañía.

Un marido en serie

Saul Bellow nació cerca de Quebec en 1915. Hijo de judíos rusos, su lengua materna fue el yiddish. Cuando tenía nueve años se trasladó con su familia a Chicago, ciudad que sentiría como propia y que aparecerá en muchos de sus grandes libros. Vivió 89 años, ganó el Nobel, el Pulitzer y el National Book Award tres veces. A grandes rasgos, dedicó su extensa vida a escribir grandes libros, a intentar entender su época y a casarse y divorciarse. Bellow tuvo cinco esposas («soy un marido en serie», declaró) y varios hijos y elevó las rupturas amorosas contemporáneas (con sus abogados, sus venganzas patrimoniales y sus niños llorosos y desconcertados) a la categoría de doloroso y desopilante tema literario.

Fue eso que suele llamarse un intelectual de referencia, viajó por América y Europa (vivió una corta temporada en Madrid, ciudad que aparece en 'El legado de Humboldt' y en el relato 'Los manuscritos de Gonzaga'), fue profesor universitario, intervino en alguna de las polémicas literarias más sonadas de su tiempo y cultivó amistades académicas como la que le unió al filósofo conservador Allan Bloom, a quien transformaría en su última novela, para escándalo de muchos, en el inolvidable Abe Ravelstein, aquel «Michael Jordan del intelecto». Alguien que vio juntos a Bellow y a Bloom dijo que transmitían la sensación de que ambos absorbían nuevos libros, ideas, teorías, razones, países y conocimientos con cada bocanada de aire.

Además de todo eso, publicó catorce novelas, varias colecciones de cuentos, un libro de viajes -el magnífico 'Jerusalén, ida y vuelta' (Península)- y 'Todo cuenta' (Galaxia Gutenberg), una recopilación de ensayos, críticas y prosas periodísticas. Cuando en 1975 la Academia Sueca le concedió el Nobel acertó con el diagnóstico y alabó sus «ideas exuberantes, su festiva comedia, su centelleante ironía y su ardiente compasión».

Todo eso es Bellow, pero es importante señalar que no lo es por separado, sino a la vez, intensamente a la vez. Lo primero que detecta el lector que abre uno de sus libros es que se encuentra frente a una inteligencia poderosa y frenética. Bellow puede ser cómico, erudito, tierno, cruel o disparatado, pero da la sensación de serlo todo al mismo tiempo y con el doble de intensidad que el resto. Entrar en contacto con un autor que parece capaz de abarcar la realidad al completo, es decir, el complejísimo desorden de la realidad, resulta impactante, hipnótico, y funciona como un poderoso acelerador intelectual. Bellow secuestra la atención del lector desde el comienzo y pone su cerebro a trabajar. En sus mejores páginas, el efecto adquiere una intensidad física: la sensación de que el caudal de información verdaderamente valiosa nos supera y que, sin embargo, no podemos dejar de avanzar en la lectura. No se asusten: suele ocurrir con las obras maestras.

El segundo gran deslumbramiento que ofrecen las novelas de Bellow radica en la propia escritura. El poco complaciente James Wood, uno de los críticos literarios del momento, ha sentenciado que estamos ante «el estilista en prosa más grandioso del siglo XX americano». Eso está bastante bien si tenemos en cuenta que en el gimnasio en ruinas de ese siglo han cruzado guantes prosistas superdotados como Nabokov o Updike.

Digamos que el estilo de Bellow es sofisticado y apabullante: al tiempo barroco, exacto, autoirónico y ultrameditativo. Su estructura predilecta es la divagación mental. En ese terreno Bellow es imbatible y se las arregla para hacer avanzar la trama a su malévolo antojo entre los manglares del pensamiento de sus protagonistas. Cualquiera de esos protagonistas es capaz de asistir al derrumbe de su propia vida mientras analiza el comportamiento sexual de su segunda ex mujer, describe el cambio de mentalidad americana en la última década, estima la conveniencia de comprarse una chaqueta quizá demasiado juvenil y encuentra un graciosa semejanza entre un verso de William Blake y un aforismo de Nietzsche. Todo eso ocurre en su cabeza mientras viaja en metro, mira a una chica que le recuerda a alguien y hojea el periódico donde escriben sus enemigos.

Poesía y neurosis

Bellow es también un excelente creador de personajes. De hecho, el gran encanto de sus novelas no suele radicar en la peripecia que describen, sino en las descabelladas personalidades de sus protagonistas. Von Humboldt Fleisher y Charlie Citrine, Augie March, Benn Crader, Eugene Henderson, Moses Herzog... Cualquier lector de Bellow sonreirá con maldad y gratitud al escuchar estos nombres y recordará el rostro algo excéntrico de sus portadores: el brillante poeta enloquecido y su discípulo neurótico enredado con la mafia, el buscavidas judío que trepa las calles de Chicago como si fuesen una escalera, el biólogo erotómano que conoce los secretos de la existencia, el millonario que se instala con una tribu africana, el intelectual hecho añicos que escribe compulsivas notas de auxilio y protesta dirigidas a sus abogados, a sus amigos, a sus colegas, incluso al Papa y Heiddeger: «Estimado Doktor Professor Heidegger: Me gustaría saber a qué se refiere exactamente con la expresión 'caída en lo cotidiano' ¿Cuándo sucedió tal caída? ¿Dónde estábamos antes de caernos?»

Quizá sólo Nabokov ha construido unos personajes de corte intelectual (profesores, poetas, novelistas) tan memorables como los de Bellow. Pero mientras que Pnin o Sebastian Knight son unos guiñoles sofisticados, las criaturas de Bellow son nuestros semejantes: hombres frágiles, brillantes y absurdos atrapados en existencias extrañas. Ahí tenemos a Joe Citrine improvisando el enésimo examen de conciencia, en Chicago, tras enterarse de que un gánster le ha destrozado su deportivo, haciendo el pino en su apartamento, echando de menos a Renata, que era capaz de arrancar un coche «besándolo en el capó», y dándole vueltas a la cabeza, para siempre: «He alcanzado una edad en la que eres capaz de ver tus propios impulsos neuróticos apoderándose de ti. Poco puedo hacer cuando la necesidad desesperada de ayuda me abruma. Me quedo al borde de un estanque psíquico y sé que si se tiran unas migas de pan, mi carpa vendrá nadando. Como en el mundo exterior, uno tiene sus propios fenómenos interiores. Durante una época creí que lo más civilizado era construirles un parque y un jardín, para mantener esas características personales, las propias rarezas, como si fueran pájaros, peces y flores».

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