Guibert traduce las experiencias y las fotografías de Didier Lefèvre en un drama de gran fuerza visual
JUAN MANUEL DÍAZ DE GUEREÑU
Acaba de publicarse en un solo volumen 'El fotógrafo' de Emmanuel Guibert, Didier Lefèvre y Frédéric Lemercier (Sinsentido), obra que sigue resultando tan original y fascinante como en su edición original en tres entregas, que fueron viendo la luz entre 2003 y 2006.
El fotógrafo no es una historieta común y corriente, sino un curioso experimento gráfico y narrativo, un relato que combina fotografías y viñetas. De entrada puede parecer uno de esos híbridos de los que más vale precaverse, porque su naturaleza compuesta disimula a menudo, con abundante envoltorio de pretensiones, solo vacuidad. Pero no. El lector que se decide a vencer su renuencia inicial descubre una obra densa, conmovedora, formalmente estimulante y que, por añadidura, invita a reflexionar acerca de los mecanismos del relato en imágenes.
A finales de julio de 1986, Didier Lefèvre, fotógrafo francés, acompañó a una expedición de Médicos sin Fronteras que se internó en Afganistán para prestar atención sanitaria a los afganos, que entonces guerreaban contra el ocupante soviético. Del viaje, que para él concluyó en noviembre de ese año, Lefèvre se trajo muchos recuerdos, ciento treinta carretes de fotos, una furunculosis crónica y una malnutrición tal que le hizo perder catorce dientes en doce meses. Casi década y media más tarde, su amigo Emmanuel Guibert, dibujante de historietas, le incitó a recordarlo, con el propósito de dibujar su odisea. El colorista Frédéric Lemercier dio luego su aspecto final a los dibujos de Guibert. La obra salió de imprenta, logró un éxito de ventas notable y fue premiada y traducida a una docena de idiomas antes de que su protagonista, Lefèvre, falleciera en 2007, de un ataque al corazón a la edad de 49 años.
Una colaboración múltiple como la que dio origen a esta obra, frecuente en la producción industrial de historietas de todas las latitudes, adquiere en este caso otra dimensión, pues no debilita en 'El fotógrafo' la fuerte impronta de Guibert como autor.
Historial real
La obra narra, a su modo de historietista, lo que su amigo el fotógrafo vivió en Afganistán, al igual que La guerra de Alan, otro título singular que lleva su firma, está dibujado a partir de los recuerdos sobre la segunda guerra mundial de otro conocido, Alan Cope. A diferencia de tantos dibujantes de historietas uncidos al fantaseo, Guibert gusta de las historias reales que dejan ver grandezas y miserias de seres humanos corrientes. Y aplica su enorme talento gráfico a traducirlas en relatos que las realcen. Lo peculiar de este caso es que su personaje, dado su oficio, aporta además de su experiencia una enorme cantidad de instantáneas, que él ha encuadrado en su narración dibujada.
La mixtura de ambos tipos de imagen no es habitual ni, por lo mismo, resulta evidente. Las fotografías de Lefèvre impresas en la obra se enristran en series, centradas en un ambiente, un suceso, un personaje, a veces con docenas de imágenes similares reproducidas como secciones de un carrete. Antes que la imagen decantada y bella, buscan la de contenido denso. Su cámara se fija en una escena de mercado, un paisaje desolado, el semblante duro de un guerrillero que reposa, la agonía junto al camino de un caballo reventado por el esfuerzo, las piltrafas de un rostro destrozado por la metralla. Suma detalles, acumula instantáneas con afán documental, movido por la obsesión de mostrar, de hacer ver en lo posible la realidad atroz de una guerra perdida entre montañas lejanas.
Las viñetas de Guibert, por su parte, son imágenes de una secuencia narrativa, selectivas y discriminantes. Se trenzan, además, con textos narrativos y diálogos, de los que lógicamente carecen las instantáneas. Dibujos y palabras componen el relato de las experiencias del fotógrafo en tierras afganas y, si fían a las instantáneas la tarea de retratar algunos momentos, asumen por su parte la de ligar estos en una cadena significativa. Las fotografías congelan, atrapan el instante; las viñetas lo animan y engranan en un testimonio articulado de fatigas y de calamidades feroces.
Guibert ha desarrollado, por lo demás, un estilo de dibujo depurado hasta el extremo, que reduce las figuras a unas pocas líneas o a masas negras que las siluetean. Su trazo, limpio y exacto, opera como una selección significativa sobre el material visual aportado por el fotógrafo, lo depura, lo sitúa y lo articula en un sentido. En un drama.
Tres volúmenes completaron en su día el relato de la aventura afgana del fotógrafo, ahora convertidos en tres partes. La primera está centrada en los preparativos de la travesía clandestina de las montañas desde Pakistán. La segunda narra las intervenciones médicas del equipo que encabeza la doctora Juliette Fournot para aliviar los daños que causan las bombas rusas, las infecciones, el hambre y el desamparo. La tercera, la más extensa, cuenta el difícil regreso a casa de Lefèvre, que emprende el viaje de vuelta a solas, sin conocer el camino ni el idioma y sin saber gran cosa de los afganos. El conjunto dibuja una experiencia de extrema dureza, la que viven quienes acuden a un país inhóspito y azotado por la guerra para ayudar a gentes de una cultura ajena y a veces tan inclemente como el clima de sus cumbres.
Guibert articula la obra en torno a la peripecia de ese fotógrafo ingenuo que un buen día emprendió un reportaje en tierras lejanas y lo pagó con su salud. La del equipo de Médicos sin Fronteras ocupa un lugar comparativamente menor, pero adquiere su verdadera dimensión gracias al atisbo de las atrocidades que nos procura el relato del fotógrafo. Éste encuadra la acción de los voluntarios y le presta su dimensión real. Los médicos resultan heroicos no sólo porque atienden heridas espeluznantes en condiciones lamentables, sino porque, para poder hacerlo, soportan caminatas agotadoras, afrontan cumbres, fríos, noches y riesgos de guerra que a punto están de costarle la vida al testigo que nos lo cuenta.
Tampoco le faltan al relato los remansos de sosiego descriptivo, las conversaciones banales o las simples bufonadas: un guerrillero alardea de su fuerza sosteniendo sólo con los dedos en pinza la culata del kalashnikov extendido en horizontal; el fotógrafo acepta el reto y hace lo mismo con su cámara.
El fotógrafo es, en suma, un documento humano excepcional que Guibert ha traducido, con talento y acierto, en un relato dramático, que atrapa el interés del lector, y mediante una resolución visual de aspecto en primera instancia desconcertante, pero que va demostrándose contundente y eficaz. Con todas sus rarezas, la obra merece y se gana la atención del lector. Su potencia expresiva marca un hito en el laborioso desenvolvimiento del relato gráfico como lenguaje capaz de expresar vivencias y emociones.
1- Esta noche dime que me quieres. Federico Moccia. Planeta
2- Prisionero en el cielo . Carlos Ruiz Zafón. Planeta
3- El jardín olvidado. Kate Morton. Suma de letras
4- El temor de un hombre sabio. Patrick Rothfuss. Plaza&Janés
5- El imperio eres tú. Javier Moro. Planeta
6- La palabra se hizo carne. Donna Leon. Seix Barral
7- Años lentos. Fernando Aramburu. Tusquets
8- El temblor del héroe. Álvaro Pombo. Destino
9- Diario de invierno. Paul Auster. Anagrama
10- La sonrisa de las mujeres. Nicolás Barreu. Espasa
1- Viaje al optimismo. Eduardo Punset. Destino
2- La soledad de la Reina. Pilar Eyre. La Esfera
3- ¡Vamos!. Arantxa Sánchez Vicario. La Esfera
4- El precio del trono .Pilar Urbano. Planeta
5- Ahora yo. Mario Alonso Puig. Plataforma
6- Gente tóxica. Bernardo Stamateas. Vergara
7- Todos los niños pueden ser Einstein. Fernando Alberca. El Toro Mítico
8- Los desafíos de la memoria. Joshua Foer. Seix Barral
9- Saber cocinar postres. Mariló Montero. Temas de Hoy
10- Por ti lo haría mil veces. Isabel Sartorius. Martínez Roca
1- Artzapezpikuaren besita. Adam Bodor/ Unai Elorriaga. Elkar
2- Lasterka. Jean Echenoz. Meettok
1- Garrako gerrak Oñatin. Gogoratu Guran Taldea. Intxorta
2- 1512 Nafarroaren konkistak. VV. AA. Txertoa-Abarka
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