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El héroe según David Rubín

El dibujante gallego compone una celebración jubilosa de grandes mitos de la aventura

JUAN MANUEL DÍAZ DE GUEREÑU

David Rubín (Orense, 1977) reparte su tiempo entre la animación y el cómic, y no ha publicado muchos libros. Sin embargo, los que ha firmado hasta ahora se han editado en varios idiomas y 'La tetería del oso malayo' le ganó el premio al autor revelación en el Saló de Barcelona de 2007 y fue finalista del Premio Nacional de Cómic en su primera convocatoria. El recién publicado 'El héroe' (Astiberri) proporciona una sólida muestra de su talento y permite comprender por qué el autor gallego conmueve y convence a sus lectores.

'El héroe' es, ante todo, una obra de dimensiones considerables, es decir, un proyecto creativo ambicioso en el que Rubín ha invertido varios años de trabajo, lo cual exige convicción y tenacidad. El libro publicado es el primero de dos y ofrece trescientas páginas en color, lo que en términos editoriales significa una creación laboriosa y una producción costosa. Pocos dibujantes se embarcan en tareas tan exigentes y a largo plazo y son menos aún los que consiguen convencer a un editor de que se arriesgue a producirlas.

Pero el lector de 'El héroe' no tarda en descubrir las razones de que Rubín lo lograra. Su nueva historia es un jubiloso relato de aventuras, que atrapa la atención y arrastra, de aspecto visual a menudo apabullante y narrado con el ímpetu y la seguridad de quien disfruta contando pero sabe, quizá más por instinto que por cálculo, medir sus pasos.

Rubín trama una nueva versión de los doce trabajos de Hércules, es decir, vuelve a contar una historia vieja como nuestra cultura y a la que han retornado una y otra vez escritores y artistas. Lo hace con recursos y procedimientos propios del mundo del tebeo. Y no lo disimula. Abren y cierran 'El héroe' homenajes reiterados a Jack Kirby, el dibujante que en los años sesenta reinventó el cómic de superhéroes y le insufló nueva vida. La ilustración de la cubierta evoca la iconografía kirbyana. Luego, una página que antecede al inicio de la historia y queda fuera de ésta, a modo de prefacio personal del autor, recuerda la fascinación del crío que leyó los cómics de Kirby y sabía que nadie era capaz de contar una buena pelea como él: «¡Qué pasada!». Por último, entre los agradecimientos que cierran el volumen figura uno a Kirby y a Frank Miller, el siguiente refundador del género de superhéroes, porque ambos descubrieron a Rubin su vocación de dibujante de tebeos.

Emocionar, entretener

Pero la lección que Rubín aprendió de Kirby y Miller no consiste en recetas gráficas o en un repertorio de recursos narrativos para uso del dibujante perezoso. Como ellos, el autor gallego afronta su trabajo con la certeza de que ninguna historia importante se ha contado demasiadas veces y fiado de que el esfuerzo y el talento del creador pueden avivar de nuevo el sentido de lo que podría parecer ya sabido o rutinario. Habitan su ficción seres imaginados «con el firme propósito de emocionar, de entretener», según avisa el prólogo. Por eso sus soluciones narrativas están dotadas de un vigor que nunca desfallece ni defrauda.

El héroe de Rubín es el héroe clásico y el de hoy, el héroe de siempre. Heracles ha nacido para serlo. Fuerte, arrojado y generoso, carece de ligaduras familiares y es libre, por tanto, para arriesgarse. Desde niño, lo mueve el impulso de ayudar al débil que está en dificultades. Pero, como cuenta el mito clásico, tiene por rey a Euristeo, que nació antes que él, y está obligado a obedecerle. La diosa Hera, que odia a Heracles, aviva el rencor de Euristeo contra quien es mejor que él en todo, admirado y querido por los demás. Por eso el rey va asignando a Heracles las tareas imposibles que deberían conducirlo al fracaso y acabar con él. Pero el héroe las emprende siempre con el mismo ánimo infatigable y las resuelve victorioso.

La secuencia de los doce trabajos sirve al carácter inevitablemente reiterativo de las hazañas del héroe, que define la esencia del género en el cómic, y proporciona a la obra una estructura episódica que contribuye a su ligereza. El niño Heracles se transforma en joven y luego adulto. Y no lo cambia solamente el paso del tiempo, sino también el desarrollo mismo de sus tareas. A veces las órdenes de Euristeo le obligan a acometer empresas que le disgustan y que luego le pesan en la memoria. No son fáciles de obedecer tampoco en un sentido moral. El héroe cumple las tareas que le encomiendan, pero no sale indemne de ellas, pues no siempre es capaz de solventar los dilemas éticos que comportan. Las turbiedades del poder, envidias y rencores dejan huella en el personaje y en su historia. El autor los aprovecha para dar densidad a su relato.

Anacronismos

En el desarrollo de éste, Rubín ejerce sus prerrogativas de creador con desparpajo. Heracles, aunque ejecuta sus trabajos de siempre y pelea contra la Hidra o el jabalí monstruoso del bosque de Arcadia, usa móvil, es portada de revistas, anuncia coches deportivos o helados. Incurre, en suma, en todos los anacronismos imaginables para resultar creíble hoy. Por otro lado, la articulación narrativa de cada capítulo le da ocasión al autor para alterar el orden temporal de las escenas y salpimentar la secuencia de éstas con pequeñas intrigas añadidas que les añaden interés.

Con todo, es en la resolución visual donde se hace más visible la fuerte personalidad del dibujante. Rubín diseña para cada página una distribución de las viñetas imaginativa y eficaz, que da variedad a su relato sin resultar nunca artificiosa o superflua. La energía de su narración debe mucho a la soltura con que concibe y ejecuta puestas en página tan adecuadas a cada escena que parecen desprenderse de ellas. Rubín es dueño además de un estilo de dibujo característico, que aúna las diversas expresividades del dibujo animado y de los cómics de género y obtiene, por ello, un universo de seres tan imaginativos como creíbles. 'El héroe' se adorna además de un color muy personal, que abunda en osadïas y aciertos.

Hoy que el debate entre el cómic de género y el de autor parece más enconado que nunca, David Rubín prueba con 'El héroe' que la personalidad creadora es muy capaz de forjar una obra singular y reavivar el entusiasmo de leer a partir de mitos antiguos y sabidos o de convenciones narrativas de aspecto gastado. Sólo se precisa el talento y la tenacidad de quien sabe qué quiere contar y busca en sí mismo modos de hacerlo.

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