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El invierno del dibujante

Paco Roca plasma las ilusiones y fracasos de los ilustradores de los tebeos de Bruguera en los tiempos de la dictadura franquista

JUAN MANUEL DÍAZ DE GUEREÑU

En las primeras páginas de la nueva obra de Paco Roca, 'El invierno del dibujante' (Astiberri), una madre, entre regaños y admoniciones, accede a comprarle un tebeo en el kiosco a su hijo, el 'Pulgarcito'. Es invierno en 1959, Franco inaugura pantanos, la Nasa pone en órbita a un mono. Y cuatro dibujantes, Escobar, Cifré, Conti y Peñarroya, acuden a las oficinas de Bruguera para entrevistarse con Rafael González, director editorial de aquella ajetreada fábrica de historietas.

No es una entrevista de trámite más, una de las muchas usuales cada semana en el despacho de González, adonde los dibujantes acuden a entregar sus páginas y a recibir el pago correspondiente. Es una rendición, una vuelta al redil, porque esos dibujantes, de los más creativos y populares de entonces, hartos de la paga escasa y de los contratos leoninos que les privan de todo derecho sobre sus creaciones, osaron intentar la aventura editorial por su cuenta. En 1957, los cuatro, junto con Giner, sumaron ahorros para publicar una revista de historietas, 'Tío Vivo'. La rebelión fue breve, porque las presiones de Bruguera sobre los distribuidores hicieron inviable la empresa. La revista no llegaba a los kioscos y los dibujantes tuvieron que aceptar de nuevo las condiciones de la gran editorial.

Ése es el núcleo argumental de 'El invierno del dibujante', que, como todo buen relato, vive de sus protagonistas, de sus maneras de actuar y sus motivaciones. El elenco de personajes a los que Paco Roca hace intervenir en su obra es numeroso. Entre ellos se cuentan algunos protagonistas esenciales de la historia del medio durante la dictadura. Por sus páginas transitan Vázquez, con sus pillerías de timador redomado; un joven y apocado Ibáñez, que ya dibuja páginas y páginas con una rapidez que asombra a sus colegas pero que aún no ha ganado fama con 'Mortadelo y Filemón'; o Víctor Mora, quien escribió los guiones del 'Capitán Trueno' y que en la época trabajaba como redactor jefe de Bruguera.

Pero los protagonistas del libro son los dibujantes que buscaron su independencia sin lograrla, héroes modestos y derrotados de un oficio poco agradecido en una época, la de la dictadura, difícil para cualquier trabajador que quisiera hacer valer sus derechos. Y, frente a ellos, Rafael González, quien representaba a la empresa en todo trato con los dibujantes. Los hermanos Bruguera, los propietarios, apenas figuran sino en alguna escena ocasional, porque la biografía, la personalidad y el papel de González ofrecen mejores posibilidades dramáticas.

Periodista republicano represaliado, González encontró trabajo como director editorial de Bruguera, donde hubo de editar las historietas que publicaba la factoría, es decir, oficiar de co-creador, consejero y censor de lo que le proponían los autores. El lápiz rojo es uno de sus atributos esenciales en la obra. En la primera ocasión que aparece está usándolo sobre páginas ya dibujadas y, en una de las últimas escenas, el pícaro Vázquez se lo escamotea, pensando obligarlo así a salir de la oficina; pero no, tiene muchos iguales con que sustituir al desaparecido.

González tenía ambiciones y quizá dotes de escritor, a las que renunció. Un pasaje de 'El invierno del dibujante' deja ver que lo lamenta y se considera «un desgraciado». Tal creador frustrado es el coco de los dibujantes, que lo llaman 'el Buitre', policía sin escrúpulos que garantiza el orden de los colaboradores, censor arbitrario, gerente inmisericorde. Por lo mismo, sufre en soledad los recelos o el rencor de sus subordinados sin que la confianza que le otorga la empresa le proporcione otra cosa que un trabajo ingrato y un sueldo seguro.

La llamada edad de oro

Paco Roca, Premio Nacional de Cómic en 2008, ha vuelto la mirada hacia un periodo fundamental de la historieta española. La llaman la edad dorada porque era entonces un producto de consumo masivo y lo producían algunos dibujantes con talento. Bruguera, que acaparó poco a poco el mercado del tebeo, arrambló con las ganancias en metálico. El autor ha centrado su interés en un episodio que define como pocos los mecanismos editoriales del medio y el sometimiento a ellos de los dibujantes. La frustrada aventura de 'Tío Vivo' prueba que a los autores les fue imposible hacer valer sus derechos y que debieron trabajar en consecuencia al dictado de la todopoderosa maquinaria editorial.

Pero, más allá del significado histórico de los acontecimientos, Roca encuentra en ellos, con instinto seguro de narrador, su valor dramático. Aquel conflicto de intereses entre Bruguera y sus asalariados transparenta también los diversos modos de acomodarse a las circunstancias o de rebelarse contra ellas de aquellos creadores. Los dibujantes que protagonizan su historia tenían por añadidura la desdicha de ser españoles mediado el siglo veinte y, por tanto, sabían mucho de rendiciones, renuncias y libertades vigiladas. Su invierno duraba mucho más que los fríos días de diciembre en que suceden los hechos principales.

Para ellos, a la postre, todo se redujo a trabajar y sobrevivir. En las páginas de Roca atisbamos ocasionalmente, por encima del hombro de autores o editores, alguno de aquellos bocetos o de aquellas planchas acabadas, hoy veneradas. Pero no es la obra lo que importa; queda en supuesto implícito. Lo que cuenta es la vida de cada autor y la actitud de cada cual ante su tarea.

Para representarlas, Paco Roca hace un uso inteligente de la documentación, que le permite recuperar visualmente una época y narrar los términos y el desenlace de un conflicto humano y profesional. Las calles de Barcelona y los despachos de Bruguera bullen en sus viñetas, siempre claras y vivaces, de vida concreta y gente que la soporta tal como hace medio siglo. Y el conflicto entre los dibujantes y su empresa nunca incurre en escenas verbosas, sino que fluye con la naturalidad transparente de los de verdad.

A la postre, 'El invierno del dibujante' es un recuento agridulce de derrotas personales y las comprende todas. Pero en los dibujantes rebeldes, aun en la decepción, Roca descubre rasgos de humor, camaradería y dignidad. La derrota íntima de González, en cambio, lo desnuda como al despojo patético de quien se ha engañado a sí mismo y ya no guarda esperanza. Aferrado a su lápiz rojo, alcanza la estatura de un emblema de su tiempo y de la triste fealdad de la condición humana más gris.

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