artes plásticas

Un mundo sin figuras

La abadía de Silos expone archivos que documentan el fenómeno de la iconoclastia en la España contemporánea

GERARDO ELORRIAGA. Dio lugar a toda una doctrina con respaldo oficial que arrasó el Imperio Bizantino y alimenta la fe musulmana, pero también se ha manifestado en nuestra historia más cercana. Desde hace diez años, Pedro G. Romero (Aracena, 1964) recopila materiales en torno a la iconoclastia antisacramental en España durante el periodo comprendido entre 1845 y 1945. A partir del próximo día 12, la abadía de Santo Domingo de Silos acogerá 'Silo. Archivo F.X. Un proyecto de Pedro G. Romero', exposición organizada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía que dará a conocer diversas aportaciones de este proyecto. «Durante un tiempo compatibilicé mis intereses creativos con la elaboración del registro hasta que su preparación me llevó más tiempo que mi dedicación como artista profesional y me lo planteé como mi actividad central, ya que soy escultor y la imagen es mi gran preocupación», explica su máximo responsable.

Junto a documentos diversos, la muestra de Silos acogerá su proyección en todo tipo de prácticas artísticas, sociales y políticas, y alimentará la reflexión en seminarios y publicaciones. Su título atiende a varios significados. Como 'File X' alude a aquello oculto, a ficheros clasificados que hasta ahora han permanecido ocultos, mientras que F.X. remite a los 'efectos especiales', generados en los diversos campos de actividad, y f(x) al sentido matemático, como función o relación entre dos magnitudes. En su progresiva conformación se han puesto en marcha entradas a partir de operaciones formales, que también explican el proceso de trabajo llevado a cabo. Han alcanzado tal estatus términos como 'Dècor', 'Rappèl á l'ordre', 'Posmodernismo' o 'Anti-globalización' o 'El capital', entre otros.

Según revela el propio Romero, su interés por este fenómeno tiene raíces sevillanas. «Porque es una ciudad aparentemente iconófila, pero la exhibición de imágenes de destrucción tampoco es extraña, tal y como se puede contemplar en la decoración fotográfica de muchos bares y clubes», indica, aunque también menciona otros hechos significativos de nuestra historia más reciente que han prendido su pasión por su estudio. A ese respecto, menciona acontecimientos como la caída del Muro de Berlín, el atentado que acabó con las Torres Gemelas, el aniquilamiento de los Budas de Bamiyan o la destrucción de la colosal estatua de Sadam Hussein en Bagdad. «Esa gestualidad mediática remite a la iconoclastia».

A partir del análisis del fondo histórico canónico, el autor ha señalado los límites cronológicos de su labor. Las fotografías más antiguas son aquellas realizadas por un fotógrafo francés en el pueblo gerundense de Torelló y se corresponden con la destrucción de una iglesia ocupada por los carlistas, y el final del periplo se sitúa tras la Guerra Civil, punto álgido de la furia iconoclasta.

Explosión

Sin embargo, tan sólo se trata del apogeo de una tendencia con numerosos brotes virulentos entre los dos siglos. Romero se refiere a los ataques que se habían producido en Cataluña en 1835 y comenta otros que tuvieron lugar en 1868, a lo largo de la Semana Trágica de 1909 y durante el posterior periodo republicano, origen de una verdadera explosión, sobre todo en los años 1931 y 1933. «Son de una importancia que no se puede comparar con lo sucedido en nuestro entorno», indica. «Pero la revolución que aquí se produce se corresponde con la que arrasó Europa entre el XV y el XVI, y resultó favorecida por la difusión del petróleo y la dinamita. A pesar de lo divulgado por la propaganda reaccionaria, la gente no es consciente del valor de la destrucción, una cuestión digna de estudio. Es interesante señalar a qué se debe y cómo era interpretado».

A lo largo de la contienda, también existen variaciones en esta furia y cabe distinguir el periodo revolucionario previo y los posteriores avatares bélicos. «La propaganda también sabe utilizar la iconoclastia para favorecer sus intereses, como ocurrió con la maquinaria franquista que achacó a los republicanos la destrucción de la iglesia de Guernica, a pesar de que el ataque fue perpetrado por sus propias tropas».

Pero existen muchas connotaciones en este proceso, más complejo de lo que parece. «Es indudable de que la simbología del icono mantenía una relevancia que, por ejemplo, ya no se encontraba en Francia», arguye. «Hablamos de un poder casi mágico, y no nos referimos tan sólo a las imágenes, sino al sonido de las campanas o el paso de las procesiones. Nos referimos a un poder político, económico, militar, en el que convergen diversas fuerzas».

En cualquier caso, no cabe hablar de un ataque sistemático, si bien señala que algunos historiadores han hallado en Barcelona listas de origen anarquista que reúnen instituciones religiosas, pero que no se traducen necesariamente en su destrucción. Romero incluso señala que se pueden encontrar indicios de negocio y también de iniciativa espontánea. «Cuando se ataca a las iglesias se hace porque se piensa que suponen la autoridad, pero no se ataca a la banca, ¿por qué los motines antimilitaristas de 1909, que también acusaban al Estado y el gran capital, se dirigieron contra los templos?»

Se puede alegar que por una mera situación de indefensión, pero apunta que en la misma situación de vulnerabilidad se hallaban los bancos y las mansiones de la clase dirigente. «Hay que admitir que su capacidad de representación es mucho más amplio, como una forma de control del tiempo y las maneras de vivir», advierte.

Pero la interpretación ideológica va más allá y menciona el caso de Joan Maragall, el político regeneracionista, cuando se alegra de la destrucción de sesenta y cuatro edificios, y se regocija de que lo levantado en dos siglos caiga en una semana. «Cierta mentalidad liberal y burguesa, cercana al calvinismo, pensaba que la quincalla meridional, tal y como la definían, no casaba con la modernidad, lamentaban su influencia sobre los obreros y sostenían su peso como una rémora. Evidentemente, la inquina no provenía tan sólo de los elementos libertarios, sino también desde la propia derecha».

Piezas singulares

La muestra comprende varias piezas singulares como la reconstrucción estética de una checa de tortura psicotécnica que estuvo emplazada en la calle Vallmajor en la capital catalana. «Es un término que se ha empleado con mucha frivolidad», protesta e, incluso, alude a su uso para denominar los centros incontrolados de detención que la Falange poseía en Sevilla. «Me interesa el uso de las iglesias por la policía secreta, tal y como ocurrió en Barcelona donde fueron intervenidas y reutilizadas como centros de detención, y la aparición de calabozos que usan el espacio religioso por su función simbólica, que buscan la escenografía gótica, su atribución inquisitorial o ciertas concomitancias con el expresionismo alemán».

Otros ejemplos presentes en la exhibición son los de Manlleu, foco de intenso anticlericalismo durante la Guerra Civil y origen de una iniciativa harto curiosa. A pesar de lo complejo de la coyuntura y la intensidad de los combates, los milicianos de la CNT se emplearon a fondo para eliminar la palabra católica que aparecía en las miles de monedas acuñadas por la cooperativa local y que ya circulaban desde los años veinte en la localidad. «Dado que católico significa universal, cabe establecer cierto paralelismo con la corriente antiglobalización». La muestra también recoge restos de los carteles confeccionados a manos por los alumnos de Bellas Artes en Madrid y que pegaban por las calles para proteger las obras de arte religioso de la furia destructora.

Sin embargo, nada más excepcional y atractivo para una interpretación iconoclasta o, tal vez, de subversión de contenidos, que la presencia del 'El Ruso' o 'El Lenin', una talla de un soldado soviético que aún se guarda en la iglesia de Santiago Matamoros en Castaño del Robledo en Huelva. El responsable del archivo explica que el templo sufrió un intento de quema por los mineros republicanos cuando se retiraban de la zona y que fue salvada in extremis por las tropas musulmanas de Franco. «Al restaurar la imagen, el obispo de Pamplona, originario del pueblo, determinó que, en vez de colocar al moro había que situar bajo el apóstol al verdadero enemigo, el rojo, y emplearon la talla de un militar que sostiene una tea incendiaria con una mano mientras que con la otra intenta protegerse de las patas del caballo».

Más allá de estas expresiones y de su dimensión religiosa, la iconoclastia significa un tiempo y una cultura. «Es el signo fundamental del movimiento moderno ya que supone la reducción del elemento decorativo, de todo aquello que sobra, pero, curiosamente, también descubrimos que hoy, en realidad, no se sabe lo qué es», arguye y se refiere a la adscripción de tal gestualidad a comportamientos rebeldes y contestatarios que, por el contrario, no dejan de afirmar su propia imagen. «Ahora se ponen en circulación más becerros de oro que arrebatos destructores, de ahí la importancia de un trabajo como éste».

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