artes plásticas

«En el País Vasco hay una libertad artística enorme»

Famoso por sus cuadros, pero también por no esconder sus opiniones, al pintor publica 'Minuta de un testamento', un heterodoxo libro de memorias

EDUARDO LAPORTE. Madrileño universal, Eduardo Arroyo estudió Periodismo, pero se ha ganado la vida con los cuadros. No se cansa de repetir que «el artista lee la prensa, no es un animal que pinta», una actitud de la que siempre ha hecho bandera. Más habitual de las librerías que de los museos, este ateo y anticlerical confeso se despacha a placer con los temas que le inquietan, al tiempo que repasa un derrotero vital intenso. La conquista del oficio en París, su implicación artística en Mayo del 68 y su retorno y consagración en España forman la base del autorretrato literario de un artista muy valorado en Bilbao. El Museo de Bellas Artes le dedicó una exposición individual y prepara ahora la edición de un libro de reflexiones sobre pintura, 'Los bigotes de la Gioconda'.

-Llama la atención en el libro la ausencia de referencias a cuestiones personales, afectivas, íntimas. ¿Pudor?

-No como reproche, pero sí que me lo han comentado. Creo que mi vida afectiva es poco interesante para los demás, aunque para mí lógicamente sí lo haya sido, incluso desoladora en ocasiones. Pero creo que lo que uno valora mucho, porque le atañe, le duele, le produce desazón y le marca, de puertas para afuera más bien produce risión. ¿Pudor? Aunque no lo parezca, soy bastante pudoroso, pero si hay que decir ciertas cosas, se dicen.

-También se sorprenderá el lector al encontrar más citas de escritores que de pintores...

-No he escrito, a lo largo de mi carrera, mucho sobre pintura. Soy ante todo pintor, un pintor que escribe, que hace esculturas, decorados de teatro..., pero que es, más que otra cosa, pintor. Precisamente, se va a publicar ahora 'Los bigotes de la Gioconda', editado por el Museo de Bellas Artes de Bilbao y el Reina Sofía, en el que hago una reflexión casi exclusiva sobre pintura. Soy muy mal lector de literatura artística y tampoco he escrito muchas cosas sobre pintura, es algo que está menos presente en mí que la literatura. Existe en mí esa locura literaria que me ha acompañado siempre porque yo quería ser escritor y no pintor.

-Le viene de casta, su padre mantuvo una estrecha amistad con Jacinto Benavente. ¿Cómo surgió esa relación? ¿Qué pasó con la correspondecia que mantuvieron?

-Mi padre era un farmacéutico que ejercía únicamente en el horario de apertura de la farmacia. Era un hombre completamente apasionado del teatro y vivía una locura literaria y teatral. Aunque lo conocí poco, murió cuando yo tenía seis años, pude saber que su vida estaba completamente volcada hacia el teatro. Era un erudito en ese campo, tenía una gran biblioteca y forjó una amistad con Jacinto Benavente que yo describo un poco en este libro. Fue un error que mi madre devolviera las cartas, que es una cosa muy típica, muy española, la de desembarazarse del pasado y de la memoria. Hubiera sido muy interesante entrar hoy en posesión de esas 36 cartas, por la calidad literaria, pero también por lo que se debatía allí, temas muy crudos y sinceros.

-Completó la carrera de Periodismo en Madrid, pero pronto se convirtió en pintor. ¿Cómo se produjo ese giro?

-Las cosas en mi vida han sido bastante fortuitas, sin mucha programación. Pertenecía a un grupo de amigos, todos entusiastas y con muchos deseos de irnos de aquella España y de aquel Madrid, que es lo que hicimos. Dibujaba desde muy niño y, al llegar a París, prácticamente sin quererlo, entré en contacto con una galería que se interesó por lo que yo hacía. Fue la irrupción de una pintura más original, digamos, dentro de ese gran espectro de la pintura en Francia, porque era el trabajo de alguien que no había pasado por Bellas Artes y que hacía lo que le daba la gana. Eso sorprendió mucho y tuvo inmediatamente un reconocimiento bastante importante. Sin quererlo, me convertí de la noche a la mañana en un pintor. Fue un proceso natural y casi sin esfuerzo.

-Con esa doble vocación suya, entre literaria y pictórica, ¿prefería el contacto con escritores o con las gentes del arte?

-Mi alejamiento de España en ese primer tiempo, que luego fue ya exilio, fue particular. Frecuentaba a pocos españoles, pero sí a muchos pintores, que es donde me he formado. No he pasado por ninguna escuela de Bellas Artes, pero me he formado con los otros, y los otros se han formado conmigo. Nos organizábamos como una banda, casi armada, y a cada grupo de artistas nos asignaban unas áreas en los museos, en lo que se conoce como salones. Estaba el Salón de Mayo, que era el más importante, el Salón de Otoño, el Realités Nouvelles, y luego el Salón de la Joven Pintura, para los menores de 40 años, que era el nuestro. Había también salones divertidos, como el de la Policía, para los policías pintores. Había mucha libertad, era una formación constante, que es en la que yo creo. Formación también nocturna, en los bares, muy regadas de alcohol normalmente.

Tiempos de revolución

-Libertad, pero eran los museos oficiales quienes les cedían sus espacios para que pudieran desarrollarse...

-Bueno, pero no se ha llegado a esta aberración insoportable en la que los ayuntamientos dan espacio a los grafiteros, que es una cosa realmente lamentable, estupidez sobre todo. Entonces, los museos no pretendían absolutamente nada, ni tener un reconocimiento, lo único que te daban eran espacio para exponer... El mundo del arte no tenía nada que ver con el mundo actual. Si yo tuviera hoy 20 años, seguramente no me haría artista.

-Se implicó en las revueltas de Mayo del 68. Dirigió, entre otros, el Taller Popular de la Escuela de Bellas Artes del París en huelga y fue uno de esos 'okupas' que expulsó a profesores y funcionarios de los centros docentes... ¿Cómo recuerda aquello?

-Los grupos de artistas se creaban por afinidades políticas primero y, luego, artísticas. Estábamos preparados para trabajar porque habíamos hecho muchas cosas juntos. Justo después de la noche famosa del levantamiento de las calzadas, de los pedruscos, vino la idea de conquistar la academia de Bellas Artes de París. Echamos a los profesores, algo que, ahora, retrospectivamente, me parece bastante salvaje y no me agrada mucho evocar. Empezamos a fabricar carteles con tiradas a partir de 200 unidades en el torno litográfico. Al final de la revuelta, acabamos tirando 20.000. Los hacíamos ya en 'offset', en las linotipias de los periódicos en huelga y eran los propios obreros quienes imprimían nuestros carteles, que han quedado hoy como la iconografía de aquel mayo francés.

-¿Sirvió para algo aquella revolución exprés?

-Todos aquellos espacios de libertad de la primera época de De Gaulle se vienen abajo completamente después, así que no se puede considerar un éxito. Hasta entonces, formábamos una sociedad muchísimo más libre que ahora en muchos aspectos. Francia se convierte en un Estado potentísimo que yugula el país, que lo estrangula, como lo está estrangulando ahora. No dejaron ningún resquicio de libertad, Francia se radicalizó.

-España tiende a mirar con humildad a Francia, pero es cierto que la descentralización del Estado llevada a cabo en la Transición, e incluso la segunda descentralización ahora en marcha ha configurado espacios democráticos quizá mayores, ¿no?

-Llegamos tarde a la democracia y, al llegar casi de los últimos, se sabía un poco de qué iba la cosa. Estoy convencido de que si Felipe González gana las elecciones antes que Mitterrand, España no sería lo que es hoy, se hubiera hundido. Tuvimos suerte de que González gobernará un año después que el Partido Socialista francés y se diera cuenta de las tonterías que hacían.

-Ninguna institución catalana le ha comprado nunca un cuadro. ¿Manía personal?

-El problema no es personal, es una manía con todos, con todos los que no tienen el carné de catalán en el bolsillo. Los vascos, en cambio, y lo digo en el libro, no tienen ningún reparo en comprar un cuadro de alguien que haya nacido en Almendralejo. Hay una libertad artística enorme en el País Vasco. No ha habido ninguna discriminación en ese aspecto, al menos que yo sepa, a diferencia de Galicia o Cataluña. Y pasa ahora que todas las comunidades, digamos, no-históricas, les han imitado, y se comportan con la misma pequeñez, una pequeñez insoportable, de localismo rural, y hay que tener cuidado, porque ese ruralismo se acerca peligrosamente al fascismo.

-Rechaza el 'doble mercado', es decir, que los museos encarguen producción a artistas, en paralelo al sistema tradicional de la oferta y demanda. Pero Miguel Ángel o Goya se forjaron gracias a los encargos de la Iglesia, de los Borbones...

-Lo de ahora es distinto, es lo más parecido a la 'sovietización' del arte. Me irrita profundamente que una cantidad cada vez más grande de artistas trabaje exclusivamente para el museo, que le den un encargo, tal sala, tales instalaciones. Lo considero incorrecto, injusto y estúpido. No olvidemos que el Estado francés compra los dos primeros 'picassos' en el 56 ó 57, cuidado, muy tarde.

Los museos vascos

-¿Y qué le parece que un museo como el Guggenheim Bilbao invierta más de 20 millones de euros en una serie del norteamericano Cy Twombly?

-Es un grandísimo artista. Alguien cuyo nombre se inscribe en la historia del siglo XX, y esa cifra es un valor de mercado; no creo que el museo hubiera querido pagar esa cifra si lo hubiera podido comprar por la mitad. Lo importante es que el museo se haya hecho con unas obras de Cy Twombly, sin entrar en la discusión sobre el valor del arte. En España, sufrimos cuarenta años de cerrazón absoluta y se nos ha pasado el arroz. La grandeza de los países se mide por sus museos, sus teatros, sus bibliotecas... Y en Bilbao está quizá el mejor museo de España, que es el de Bellas Artes. Lo siento, pero el Guggenheim no tendría la fuerza que tiene si no fuera porque el Bellas Artes, que es un museo ejemplar, está a doscientos metros.

-¿Se cansará algún día de pintar?

-En mi vida, he perdido la ilusión por muchas cosas, pero me puedo acostar muy tarde que a las siete ya estoy pintando, como un clavo, y es algo que quiero mantener hacer hasta el final. Eso sí, es un oficio muy desestabilizante; entrar tan de lleno a pintar produce desazón.

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