Ni tan siquiera los pinta él mismo. Pero Gagosian los expone en 11 galerías de forma simultánea
PABLO ORTIZ DE ZÁRATE
Damien Hirst regalará una reproducción personalizada de uno de sus lienzos a la primera persona que consiga visitar las 11 muestras que hasta el 18 de febrero le dedican conjuntamente las galerías Gagosian de todo el mundo. Todas ellas exhiben únicamente los famosos cuadros de puntos de colores que Hirst ideó en 1986. La misión no es sencilla ya que el marchante de arte más importante del mundo tiene sedes en Hong Kong, París, Ginebra, Roma, Atenas, dos en Londres, tres en Nueva York y una en Beverly Hills (California).
Para completar el reto no sólo hace falta ser muy rico. También es necesario tener un interés desmedido por estos lienzos porque aunque las diferentes exposiciones incluyen 300 obras en total, todas son prácticamente iguales: nada más que eso, puntos de colores sobre fondo blanco. Pero tratándose de Damien Hirst, todo puede ser. Da igual que la crítica califique sus cuadros de basura y que ni siquiera los pinte él mismo, sino sus ayudantes. Los coleccionistas siguen rifándoselos y hay quien ha pagado más de un millón y medio de euros por uno.
Sin embargo, no todo el mundo comparte este mismo entusiasmo por un artista que se declara orgulloso de no tocar sus obras. Para muchos expertos Hirst es el mayor timador de la historia y según David Hockney, el pintor británico más prestigioso del momento, sus cuadros hechos por asistentes son un «insulto» al arte: «Para pintar uno necesita el ojo, el corazón y la mano. Si falta uno de los tres, ya no sirve».
«Mejor mi asistente»
A Damien Hirst este argumento le parece totalmente anticuado. Para él lo importante del arte no es el objeto final (el cuadro, la escultura, etc.) sino la idea de lo que se quiere hacer. Por eso no suele manipular la obra él personalmente: «Prefiero pagar a mis asistentes. Ellos lo hacen mejor. Yo me aburro, me impaciento». Lo mismo opina Maurizio Cattelan, autor de impactantes esculturas hiperrealistas y al que el Guggenheim de Nueva York acaba de dedicar una gran retrospectiva: «Yo no diseño. No pinto. No esculpo. Yo nunca jamás toco mis obras». A Cattelan le ha ido muy bien con esta filosofía, ya que su célebre retrato 'La Nona Ora' (una impactante reproducción en cera del Papa Juan Pablo II herido por un meteorito) se vendió por 3 millones de euros.
Martin Creed, ganador del premio Turner en 2001 con 'Luces que se encienden y se apagan' (que consiste en una habitación vacía con luces que se conectan y desconectan cada 5 segundos) también admite no tocar sus obras: «A mí se me da bien pensar ideas, pero cuando trato de materializarlas sólo consigo arruinarlo todo. Por eso prefiero que lo hagan otros por mi», aseguró en la inauguración de su última exposición monográfica en Madrid.
Michael Petry, autor del libro 'El arte de no hacerlo', afirma que criticar a un artista por no crear las obras con sus propias manos es «borrar todo un siglo de arte contemporáneo». Y añade: «La visión tradicional del artista como un genio que trabaja solo y crea personalmente piezas únicas ha muerto».
El cambio llegó en 1917 cuando Marcel Duchamp presentó en una galería de Nueva York su obra 'Fountain': un simple orinal comprado en una tienda y colocado al revés. Los críticos dijeron que eso no se podía considerar arte, ya que ni era nuevo ni lo había hecho él mismo. Pero a Duchamp le daba igual el autor del objeto: «Lo importante es que he creado un nuevo pensamiento para ese objeto».
La máquina
Varias décadas después, en los años 60, Andy Warhol llevó la idea al límite y se propuso hacerse millonario sin prácticamente tocar ninguna de sus obras. Rechazaba por completo la idea del artista artesano y consideraba que el arte debía ser fabricado mecánicamente, como el resto de productos de su admirada sociedad de consumo. Para ello contrató a un ejército de ayudantes que elaboraban obras en serie. Sus célebres retratos de Marilyn, por ejemplo, no son más que simples copias de una fotografía que sus asistentes ampliaban y pintaban con llamativos colores. Lo único que hacía Warhol era firmarlas y llevarse el dinero. Inauguró así una nueva división del trabajo: los artistas piensan y sus ayudantes-artesanos crean.
Hoy en día, algunos de los creadores más cotizados trabajan de la misma forma. Jeff Koons, padre de las esculturas en forma de globo, o Takashi Murakami, representante aventajado del pop contemporáneo, dirigen auténticas fábricas. El secreto de su éxito es su visión comercial: trasladan al mundo del arte los objetos de consumo banales que triunfan en la calle y los venden más como estrategas de marketing que como artistas. Como señala Jackie Wullschlager, la crítico de arte del 'Financial Times', estos creadores «adoptan, a menudo a una grandísima escala, la imaginería del mercado de masas creada por el arte pop».
Obras como los perritos inflables de Koons o las alegres flores de Murakami son tan agradables y fácilmente comprensibles, que resultan muy sencillas de comercializar. Pueden fabricarse en serie y venderse no sólo como obras para coleccionistas sino también como souvenirs en las tiendas de los museos. El propio Hirst tiene su propia firma de 'merchandising', 'Other Criteria', en la que vende toallas con sus particulares puntos de colores por 17 euros, camisetas a 30 o lujosas bufandas de seda por 110 euros.
Trampas clásicas
¿Quiere decir todo esto que el arte ha perdido el rumbo? Quienes creen que no, recuerdan que los grandes maestros del Renacimiento y el Barroco también tenían un gran número de asistentes a su servicio. El mismísimo Miguel Ángel usó 12 ayudantes para pintar la Capilla Sixtina y genios como Rafael vendían como suyos cuadros que prácticamente sólo habían firmado.
Rubens es un claro ejemplo de artista que delegaba en su taller. Según Larry Keith, director de conservación de la National Gallery de Londres, el maestro había alcanzado tanta fama y recibía tantos encargos que necesitaba ayuda de sus asistentes para dar abasto. En muchas ocasiones, él simplemente elaboraba un boceto del cuadro y eran sus ayudantes los que lo terminaban. Otras veces, sus empleados se encargaban de los paisajes y figuras del fondo y Rubens se limitaba a pintar las figuras principales. Es el caso de una de las joyas del Museo del Prado, 'Aquiles descubierto por Ulises y Diomedes', de 1617. La placa que hay junto al cuadro lo atribuye a Rubens, pero se sabe que fue hecho casi completamente por un ayudante. Eso sí, en este caso era un empleado de lujo: nada menos que Anton Van Dyck, que con los años casi logró igualar a su maestro en técnica y popularidad.
Nadie puede saber hoy si los ayudantes de Hirst llegarán a hacer sombra a su jefe. Probablemente ya han superado su destreza con el pincel, pero es poco probable que alcancen nunca la enorme fortuna de 292 millones de euros que posee el británico.
1- Esta noche dime que me quieres. Federico Moccia. Planeta
2- Prisionero en el cielo . Carlos Ruiz Zafón. Planeta
3- El jardín olvidado. Kate Morton. Suma de letras
4- El temor de un hombre sabio. Patrick Rothfuss. Plaza&Janés
5- El imperio eres tú. Javier Moro. Planeta
6- La palabra se hizo carne. Donna Leon. Seix Barral
7- Años lentos. Fernando Aramburu. Tusquets
8- El temblor del héroe. Álvaro Pombo. Destino
9- Diario de invierno. Paul Auster. Anagrama
10- La sonrisa de las mujeres. Nicolás Barreu. Espasa
1- Viaje al optimismo. Eduardo Punset. Destino
2- La soledad de la Reina. Pilar Eyre. La Esfera
3- ¡Vamos!. Arantxa Sánchez Vicario. La Esfera
4- El precio del trono .Pilar Urbano. Planeta
5- Ahora yo. Mario Alonso Puig. Plataforma
6- Gente tóxica. Bernardo Stamateas. Vergara
7- Todos los niños pueden ser Einstein. Fernando Alberca. El Toro Mítico
8- Los desafíos de la memoria. Joshua Foer. Seix Barral
9- Saber cocinar postres. Mariló Montero. Temas de Hoy
10- Por ti lo haría mil veces. Isabel Sartorius. Martínez Roca
1- Artzapezpikuaren besita. Adam Bodor/ Unai Elorriaga. Elkar
2- Lasterka. Jean Echenoz. Meettok
1- Garrako gerrak Oñatin. Gogoratu Guran Taldea. Intxorta
2- 1512 Nafarroaren konkistak. VV. AA. Txertoa-Abarka
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