Tsai Yulong Artista. El creador del concepto de caligrafía de vanguardia disecciona y critica el pujante mercado de su país
ZIGOR ALDAMA
Pinceles de hace décadas se amontonan sobre la mesa principal del estudio de Tsai Yulong (Taiwán, 1952). Cada uno de ellos tiene una historia. «Este fue el primero que compré», señala con añoranza el pintor que ha creado el concepto de caligrafía de vanguardia. Sólo le quedan unos pocos pelos, pero Tsai lo guarda como oro en paño, junto a ramas de árboles centenarios que ha ido recogiendo durante años y que le sirven de inspiración. Le gusta lo antiguo, «cualquier cosa que rezume historia». Curiosamente, a la hora de trabajar también le estimula escuchar lo último de Lady Gaga. «Tiene mucho ritmo, produce un efecto como el del café», bromea. Sin duda, algo inusual para quien trabaja un arte milenario.
Claro que en sus cuadros la tinta china adquiere una dimensión desconocida. Sí, ahí están los ideogramas de la caligrafía tradicional, pero no faltan notas de una locura de vanguardia que a veces los hace ininteligibles. En sus creaciones más extremas, los caracteres terminan convirtiéndose incluso en extrañas piezas que vertebran un arte abstracto y único.
Pero, en el fondo, su significado se mantiene invariable. Porque en las obras de Tsai las palabras son siempre las mismas: las de uno de los libros en los que se recogen las enseñanzas del budismo, el Sutra del Corazón. Lo ha escrito hasta la saciedad, «más de mil veces», pero siempre adquiere matices diferentes. «Dependiendo de mi estado de ánimo, dibujo los ideogramas de una forma o de otra, con calma o con rabia, destacando unos conceptos u otros».
Y los lienzos se le quedan pequeños. «Comencé colocando cuadros en mi galería -que también es su estudio-, y luego se me ocurrió continuar las obras por las paredes». Finalmente, la tinta china trepó hasta el techo y atrapó, como si de una enredadera se tratase, tuberías, cables, y todo lo que se interponía en su expansión. Ahora, el espacio que Tsai tiene cerca del centro neurálgico del arte en Shanghai es un bosque de grises del que resulta difícil escapar. Hay algo mágico, incluso para quienes no pueden leer el chino, y algo tenebroso. «Lo que más me gusta es comparar la reacción que producen mis cuadros en las personas. Los occidentales no ven palabras, pero sí que perciben sensaciones, mientras que los chinos se centran más en el mensaje escrito y tratan de descifrar cada uno de los trazos».
- ¿Por qué un mantra budista? ¿Tiene algo que ver con la pérdida de valores de la sociedad china?
- No. Nunca he tenido, ni tendré, una intención moralista. Es tan sencillo como que me gusta el libro. Pero sí es cierto que creo que la filosofía y las enseñanzas budistas son algo atemporal, que lleva vivo milenios y que seguirá teniendo vigencia en el futuro. No me gusta el arte pasajero, quiero crear algo que perdure.
- Parece una contradicción que se haya establecido en Shanghái, una ciudad empeñada en borrar su pasado y venderse al mejor postor.
- Muchos me lo preguntan. ¿Por qué no Pekín, que es el centro cultural de China? Pues me gusta Shanghai. También me aterra y me estresa, pero la multiculturalidad de esta ciudad no tiene rival en el país, y eso me permite estar en contacto con todo tipo de artistas. No tanto para aprender de ellos como para compartir ideas. Además, también es cierto que aquí residen muchos de mis clientes.
Sin color
- Sin duda, sus grises recuerdan a la jungla de asfalto que es Shanghai. ¿No se atreve con el color o es que no le apetece usarlo?
- Quizá lo utilice en el futuro, pero si le soy sincero creo que los chinos no somos buenos con los colores. La maestría de los artistas occidentales es muy superior a la nuestra en este aspecto. No sé si es algo que tiene que ver con la tradición, pero yo me siento mucho más a gusto manejando grises, un mundo de sombras. No tengo la confianza suficiente como para salir de él todavía, y me gusta la idea de buscar la perfección en lo que hago.
- Muchos de sus compatriotas, sin embargo, están muy seguros de lo que hacen, y sacan pecho con razón: China es ya el principal mercado del arte del mundo.
- Sí, el arte chino se ha convertido en una moda en la que no quiero participar. Tengo la sensación de que los creadores sólo buscan enriquecerse lo más rápido posible, y la presión que existe para producir sin cesar es muy intensa. Eso no es, en sí, ni positivo ni negativo, porque puede resultar tanto un acicate como una fuente de frustración. En cualquier caso, creo que la calidad de las obras chinas, en general, es más que dudosa. Por esta razón, auguro que la burbuja del arte chino no durará mucho. Es bastante menos robusta que la inmobiliaria, con la que guarda mucha relación.
- ¿A qué se refiere?
- A que los chinos no compran arte porque les guste, sino porque creen que es una inversión. Lo mismo que el ladrillo o que el oro. Muchos no compran casas para habitarlas ni oro para disfrutar de su belleza. Pero yo creo que el arte no puede reducirse a las reglas del mercado. Tan es así que en una ocasión incluso me negué a vender una de mis obras a un hombre que, pensé, iba a meterla en un garaje hasta que, en unos años, aumentara su valor para revenderla.
- No parece un buen hombre de negocios.
- Y no lo soy. El negocio lo lleva mi asistente, porque soy consciente de que mi postura no es realista. Al fin y al cabo, todos los meses tengo que pagar el alquiler y unos cuantos sueldos. Pero hay cosas por las que no paso para conseguir una estabilidad económica. No me puedes obligar a pintar, porque lo haré mal. Y ahí es donde veo un gran contraste con las nuevas generaciones de artistas chinos. No entienden lo que es el arte, sólo ven dinero. Al final no son mejores que quienes adquieren sus obras para hacer una inversión, porque la producen con el mismo objetivo.
- Y se copian mutuamente.
- ¡Exacto! Cuando uno parece haber encontrado el camino del éxito enseguida aparece un pelotón que trata de imitarlo. Es algo que impregna todos los estratos de la sociedad. Claro que quizá por eso funciona el sistema. Quizá incluso sea gracias a eso que hay arte en China y que gente como yo puede sobrevivir. No lo sé.
- Pero usted tiene un estilo muy diferente al del resto?
- Sí, y por eso me siento muy solo.
1- Esta noche dime que me quieres. Federico Moccia. Planeta
2- Prisionero en el cielo . Carlos Ruiz Zafón. Planeta
3- El jardín olvidado. Kate Morton. Suma de letras
4- El temor de un hombre sabio. Patrick Rothfuss. Plaza&Janés
5- El imperio eres tú. Javier Moro. Planeta
6- La palabra se hizo carne. Donna Leon. Seix Barral
7- Años lentos. Fernando Aramburu. Tusquets
8- El temblor del héroe. Álvaro Pombo. Destino
9- Diario de invierno. Paul Auster. Anagrama
10- La sonrisa de las mujeres. Nicolás Barreu. Espasa
1- Viaje al optimismo. Eduardo Punset. Destino
2- La soledad de la Reina. Pilar Eyre. La Esfera
3- ¡Vamos!. Arantxa Sánchez Vicario. La Esfera
4- El precio del trono .Pilar Urbano. Planeta
5- Ahora yo. Mario Alonso Puig. Plataforma
6- Gente tóxica. Bernardo Stamateas. Vergara
7- Todos los niños pueden ser Einstein. Fernando Alberca. El Toro Mítico
8- Los desafíos de la memoria. Joshua Foer. Seix Barral
9- Saber cocinar postres. Mariló Montero. Temas de Hoy
10- Por ti lo haría mil veces. Isabel Sartorius. Martínez Roca
1- Artzapezpikuaren besita. Adam Bodor/ Unai Elorriaga. Elkar
2- Lasterka. Jean Echenoz. Meettok
1- Garrako gerrak Oñatin. Gogoratu Guran Taldea. Intxorta
2- 1512 Nafarroaren konkistak. VV. AA. Txertoa-Abarka
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