artes plásticas

De ruinas de la primera era fabril a enclaves de futuro

La Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública cumple 25 años en su tarea de preservar la riqueza de un pasado que transformó vidas y paisajes

BEGOÑA GÓMEZ MORAL. La Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública cumple 25 años en su tarea por preservar y dar a conocer la riqueza y diversidad de los testimonios de un pasado cercano que transformó vidas y paisajes.

Ahora es evidente. Resulta lógico pensar que la historia reciente está unida a los procesos industriales y que las construcciones y elementos de ese período son bellos y merecen atención y cuidado por sus valores intrínsecos y también como símbolos de la memoria común que son. Pero no siempre ha sido así. El rápido declive de la era industrial en Europa acarreó en no pocos casos situaciones de incertidumbre y miedo ante un futuro difuso. Ese sentimiento colectivo implicaba, de algún modo, un rechazo hacia los espacios y elementos que evocaban la forma de vida anterior y aquí la situación no fue distinta. Parecía el final pero era el principio.

Ha llovido mucho sobre la ría de hierro desde que, en 1984, un grupo de profesionales -vinculados con el entorno universitario, la Administración autonómica por aquel entonces recientemente instaurada, y con los centros de formación profesional de la margen izquierda de la ría- percibieran, desde distintas sensibilidades, la necesidad de hacer algo en defensa de las viejas industrias que pocos años antes parecían invulnerables y que, a consecuencia de la recesión industrial, veían, como colosos tambaleantes, en grave peligro de desmantelamiento.

De esa necesidad, ese mismo año, con la participación del historiador Manuel Tuñón de Lara y el arquitecto Luis Peña Ganchegi, entre otros, surgió la Asociación de Amigos del Museo de la Técnica de Euskadi. Este proyecto museístico -aun hoy asignatura pendiente- no llegaría a germinar pero fue el origen de la entidad actual, constituida legalmente en 1989. Era el año de la caída del muro de Berlín, la matanza de Tiananmen y el éxito mundial de la canción 'Don't worry, be happy'. Soplaban vientos de cambio y la luz fría de la nueva era tecnológica ya se adivinaba en el horizonte con el lanzamiento de la primera versión comercial de Microsoft Office. Había que apresurarse.

Desde el principio comprendieron que era imperativo actuar en varios frentes al mismo tiempo, tal y como se venía haciendo ya, desde años atrás, en otras zonas de Europa como Inglaterra o Alemania; las mismas a las que había llegado antes la revolución industrial y donde ya se había producido la temida reconversión.

Investigar y catalogar

Era necesario, en primer lugar, conocer, a través de la investigación y la catalogación, las características del legado industrial; lo que quedaba. Al mismo tiempo era preciso difundir la noción de valor que poseían esos elementos en un entorno administrativo y social que, en muchos casos, tenía preocupaciones más acuciantes. Por último, era crucial protegerlos de la pala del bulldozer que amenazaba con hacer tabla rasa en pocos años.

Una tarea ingente y urgente que, además, era necesario que aspirase a una representación equilibrada que incluyera tanto los impresionantes vestigios de la triple actividad minera, siderúrgica y naval de Vizcaya como la industria, también minera, cementera, textil, papelera, de máquina-herramienta y de bienes de consumo en Guipúzcoa y la industria agroalimentaria en Álava, con bodegas, harineras, salinas y trujales; sin olvidar la industria del valle de Ayala y de Vitoria-Gasteiz.

A partir de una delimitación cronológica que abarca desde mediados del siglo XIX hasta la Guerra Civil se realizó, entre 1990 y 1994, el Inventario Provisional del Patrimonio Industrial del País Vasco, que, con pautas integradoras en lo temático, dio como resultado un total de 1.227 instalaciones o elementos industriales recogidos en forma de dossier. Con posterioridad se procedió a jerarquizar de forma sectorial y contrastada todo lo inventariado. Se valoraron aspectos tales como el histórico, artístico-arquitectónico, de conjunto, de integración, iconográfico o simbólico, el estado de conservación, el potencial de uso y la representatividad de procesos productivos que aportaba cada elemento. Finalmente, 156 elementos fueron declarados como Bien Cultural Calificado y recibieron la consiguiente protección legal.

Hoy hay algo más de 3.000 elementos inventariados en el País Vasco bajo distintos grados de protección administrativa. Durante todo este proceso se han perdido algunas batallas, en ocasiones debido a desconocimiento, presiones especulativas en la planificación urbanística o simple dejadez. Así, por ejemplo, desapareció para siempre el Depósito Franco en Bilbao, del que queda un pírrico testimonio. O la draga Titán, poderosa embarcación de 1923 que, a pesar de su gran valor histórico-tecnológico, partió hace pocos meses desde su último atraque en el Museo Marítimo hacia el desguace. En otras peleas hubo importantes bajas, como en el caso de la Fábrica de Gas de Donostia-San Sebastián. De este conjunto se preservaron el gasómetro y el edificio del gasomotor que, en su día desmontados pieza a pieza, están siendo reconstruidos. Pero también se han celebrado victorias: el pabellón Ilgner y la estación de ferrocarril en Barakaldo; la fábrica de boinas La Encartada en Balmaseda; el magnífico interior de estructura de madera del pabellón de Fesa-Ercross en Luchana, el horno alto Nº 1 de Altos Hornos de Vizcaya en Sestao y otros muchos han sobrevivido y algunos -dedicados a nuevas actividades- son ya testimonios vivientes del pasado con un gran futuro.

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