artes plásticas

El impacto de lo perecedero

Las obras artísticas de consumo inmediato y sin vocación de perpetuidad ganan adeptos y aumentan su presencia en los lugares públicos

EDUARDO LAPORTE. "Ceci n'est pas une pipe", reza un famoso cuadro del surrealista Magritte. Esto no es una pipa, pero lo que vemos es una pipa. O un lienzo con la representación, mediante la mezcla de colores, de una pipa. ¿Es realmente una pipa? ¿Podemos fumar a través de ella? La verdad es que no. ¿Es efímero el arte efímero? ¿Es efímero el beso que recibe una persona, su primer beso, solo porque dure apenas unos segundos? ¿Y si luego permanece en la mente durante años? No parece, entonces, tan efímero. Algo parecido sucede en el arte en general, y en su manifestación 'efímera' en particular. Y, como sucede a menudo en los asuntos artísticos, no es fácil acotar el concepto de lo efímero.

Rafael Doctor, ex director del Musac de León: «Es todo aquello que tenga una presencia vívida y no objetual». Fernando Rubio, artista con obras efímeras: «Es un concepto muy subjetivo, algo efímero puede durar un día o un año...» Para el crítico y profesor de Estética y Teoría de las Artes, Fernando Castro Flórez, buena parte de la tendencia actual se aleja de la «condición de eternidad propia de la monumentalidad clásica o decimonócica». El arte se «desmaterializa» y «el documento y el archivo «las fotografías que dan constancia de esos montajes» sustituyen al monumento y al museo», considera Castro Flórez.

Más allá de acotaciones conceptuales, lo cierto es que el arte efímero, entendido como un arte que hace de la ciudad su principal escenario, multidisciplinar, que interactúa con los ciudadanos y que genera experiencias, está cobrando fuerza. Ejemplo de arte efímero: unos poemas escritos, en Pekín, en el suelo y con agua. A la belleza de la grafía china, se une la brevedad que esos versos, escritos sobre la marcha, permanezcan sobre el firme, antes de evaporarse y quedar, como cantaba Bob Dylan, flotando en el aire, blowin' in the wind.

No es un fenómeno precisamente nuevo, porque efímeras han sido siempre las artes escénicas, en el sentido de que cada representación es distinta a la anterior, es irrepetible. Tampoco es nuevo el fenómeno de emplear la ciudad como escenario, como lienzo. Ahí tenemos el caso de los Encuentros de Pamplona de 1972, en que las calles de esa ciudad acogieron las manifestaciones más punteras de poesía visual, sonora y de acción, instalaciones de varios tipos y presencia de los muñecos del Equipo Crónica, los 'espectadores de espectadores', en diversos puntos de la ciudad. Los expertos consideraron aquel evento el primer acontecimiento de 'arte público', un modo de ofrecer el arte que, casi cuarenta años después de aquello, ofrece síntomas de consolidación.

Como muestra, la Bienal Internacional de Arte Efímero, Spora, que se ha celebrado a lo largo esta semana, en Granada, y que concluye mañana con una traca final a cargo del colectivo Kònicithtr. Se trata de un grupo de artistas y profesionales de distintas disciplinas que han unido sus esfuerzos para ofrecer un potente artefacto creativo, que pondrá el broche final a estas jornadas de un arte efímero que quiere durar, aunque sea en las conciencias. Sara Cabrera, artista participante en Spora: «Es muy reconfortante sentir que tu trabajo llama la atención de la gente».

La ciudad como lienzo

Para saber quién tiene algo que decir en esta manera de entender el arte, la selección que ha llevado a cabo un comité de expertos en Spora, la Bienal de Arte Efímero que se ha celebrado estos días en Granada es una buena referencia. Nombres como Trish Scott, Larry Creshman, Fernando Rubio o Sara Cabrera forman parte de la lista de doce artistas seleccionados para la muestra.

En unas ciudades cada vez más saturadas de elementos, la adición de más objetos netamente artísticos se puede antojar excesiva. Por eso, como apunta Ana García, directora de la Bienal Spora y profesora de Creación audiovisual en la Universidad de Granada, el arte efímero tiene sentido que sea así, que permanezca un breve tiempo y luego desaparezca. «El disfrute de los sentidos que eso implica es suficiente para que constituya una experiencia artística interesante», destaca García. Para ello, la ciudad deja de ser una mera convidada de piedra para la exposición de esculturas o pinturas y pasa a ofrecer una interacción entre las obras artísticas, los ciudadanos y su propia fisionomía urbana. En el caso de Granada, se aprovechan espacios privilegiados como el Sacromonte, el Bañuelo, la Alhambra o la confluencia de los dos ríos de la ciudad, el Darro y el Genil, que jalonan el itinerario artístico.

En ese recorrido, se pueden ver los trabajos de los artistas comisionados. Fernando Rubio Ahumada es uno de ellos, un artista que trabaja con lo efímero pero con una obra cuyo título deja claras sus intenciones: 'Dejar huella'. Este artista toma las huellas dactilares de los transeúntes y las fija en cera de abeja. Luego da ese material forma de amapola, la tiñe de rojo y crea enormes hileras de amapolas que rodean todo lo que salga a su paso. Este artista ya ha 'dejado huella' en ciudades como Berlín, Bogotá, Cuenca o Bilbao, concretamente en el puente del Ayuntamiento. También trabajó en la capital vizcaína, gracias a una beca Séneca, Sara Cabrera, que llevó a cabo un ejercicio efímero, 'Pequeñas cosas aquellas', consistente en llenar de post-its los vagones del metro. En cada una de las pegatinas amarillas escribía las respuestas que la gente daba a esta pregunta: ¿Cuáles son las pequeñas cosas que te hacen feliz?

Tras valorar como exitosa la experiencia, Cabrera repetirá el ejercicio en la Bienal de Granada, esta vez en una plaza blanca y negra, para jugar con el contraste del amarillo chillón de las pegatinas, con los mensajes de los participantes en esta obra tan pasajera como colectiva.

Porque uno de los objetivos de este proyecto es acercar el arte a la ciudadanía. La propia directora forma parte de la asociación Arte y Sociedad y considera prioritario que el espectador pueda formar parte del proceso de la creación, como si entrara en la cocina del arte y el cocinero-artista le permitiera conocer los secretos de su oficio. «Es importante que la gente pueda hablar con el artista, que puedan preguntar por qué hace lo que hace, qué significa poner un millón de hojas en el suelo, qué entiendan que el arte lleva aparejado un discurso», explica Ana García. «La idea de echar el arte contemporáneo en la cara de la gente ha pasado, eso es un error», añade García, que reconoce que ahora se hace un arte conceptual menos duro, menos «crudo» que el de hace décadas.

Para demostrar que el arte conceptual, efímero, se puede entender, cita el trabajo de la británica Thris Scott, participante en la muestra. Scott ha mostrado en Granada su proyecto 'La Ciudad Cosida', que consiste en adherir a su ropa objetos de desecho que va encontrando a su paso, y que constituirán la arqueología del futuro. Luego accede al museo y pide la colaboración de los funcionarios para que tasen esos objetos y los coloquen en vitrinas, como se colocan en vitrinas las vasijas, diademas o anillos de civilizaciones antiguas que rescata la arqueología. «Hay todo un discurso detrás, no es hacer el loco y a ver qué pasa; luego podrá gustar o no gustar, pero al menos se habrá comprendido», insiste García.

El mundo como lienzo

¿Quién es quién en el mundo del arte efímero? El filósofo y experto en arte Fernando Castro Flórez prefiere hablar de 'arte procesual', que vas más allá del concepto temporal de la obra, de su duración concreta, y que incluye trabajos como el de Francis Alys. Sin perder su carácter espectacular ni la clave deconstructora, dice este crítico, Alys desplazó, literalmente, una duna con la ayuda de un montón de gente armada con palas, en México D.F. Tituló a esta acción 'Cuando la fe mueve montañas'. Señala también el trabajo de Gabriel Orozco, Thomas Hirschorn o Isidoro Valcárcel Medina, «uno de los grandes maestros del arte de nuestro tiempo y eso sin dejar nunca de estar situado en los márgenes de lo institucional».

En un terreno más incipiente se situaría Carlos Irijalba, que con su proyecto 'Twilight' (Crepúsculo) trasladó la torre de iluminación del estadio El Sardinero de Santander hasta la Selva de Irati, en Navarra. En la noche cerrada del mes de julio, Irijalba proyectó todo ese torrente de luz como un gran disparo en la oscuridad. Detrás de todo ello, reflexiones sobre la capacidad fascinadora de la luz, símbolo del espectáculo en la sociedad occidental.

Al artista del siglo XXI se le ha quedado pequeño el estudio, el 'atelier'. La ciudad para a convertirse en la superficie de trabajo, pero también el entorno rural, como vemos en el caso de Irijalba o un entramado viario a las afueras de Pekín, próximo proyecto de este artista. El mundo entero pasa a ser no sólo motivo de inspiración, sino también el mayor espacio expositivo posible. Así se entiende el último reto creativo de la artista madrileña residente en Nueva York, Gema Alava, que ha presentado un singular proyecto titulado 'Find me' (Encuéntrame). Alava convenció a varios de los artistas más cotizados de EE UU, artistas de altísima cotización en el mercado, como Robert Ryman, Ester Partegas o Lawrence Weiner, para que le dedicaran, desinteresadamente, una pequeña obra.

Una vuelta de tuerca al concepto de lo efímero, que juega también con la ocultación. Fueron efímeras las bolsas de basura con distintos 'smileys' de Ester Partegas, los aviones de papel hechos con billetes de dólar y fijados en árboles de Lars Chellberg y las galletas redondas de Maria Yoon, con su retrato pintado con colorantes y azúcar. No fueron efímeras, porque permanecen, otras obritas de arte colocadas, estratégicamente, en distintos puntos de la geografía estadounidense. El 8 de octubre, la artista convocó a los medios y al público en general para invitarles a participar en este curioso juego, carne de inspiración para una novela de Auster o Vila-Matas. Se dieron unas pistas para descubrir esos cotizados objetos, pistas insuficientes ya que a día de hoy muchos de ellos siguen exactamente ahí donde los dejó su propietaria, Gema Alava. La propia artista viajó hasta San Francisco, al conflictivo barrio de Tenderloin, para camuflar algunas cinco de las piezas que componen 'Find me'. Entre ellas, un librito titulado 'Find Me 2.0.', que contiene las coordenadas exactas de los lugares en que se colocaron las obras de arte y que quedó escondido en la biblioteca pública del barrio. Una suerte de 'bookcrossing' sólo que con obras de arte de artistas de primera fila, en vez de libros manidos por usuarios anónimos. No es mala empresa plantearse dar con ellos, por la parte poética que entraña esta aventura, pero también por la monetaria: a la firma consagrada se le añade esta peripecia creativa, indudable valor añadido en los inescrutables mercados del arte. Mientras, la pequeña pintura de Robert Ryman sigue oculta en una escuela de arte de Nueva York, a la espera de que alguien la encuentre. «Es el sitio que el propio Ryman eligió. Donde está no corre peligro y ahí seguirá por mucho tiempo, creo yo», sostiene Alava.

Los espacios urbanos, ya saturados de elementos, constituyen el lugar preferido para el arte efímero

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