El Museo Thyssen-Bornemisza presenta una retrospectiva de Henri Fantin-Latour, pintor amigo de los impresionistas pero ajeno a sus teorías
GERARDO ELORRIAGA. Apostar por la independencia o mantener cierta ambigüedad suele implicar confrecuencia el pago de un elevado tributo. Es el caso de Henri Fantin-Latour (Grenoble,1836- Buré, 1904), artista que vivió en la segunda mitad del siglo XIX en París, ciudad y período claves en el proceso de renovación de la pintura. Estaba en el momento preciso y en el lugar adecuado, pero ni asumió la apuesta de los renovadores ni se ciñó escrupulosamente a los postulados más academicistas. Aunque frecuentó a los impresionistas nunca llegó a adscribirse a la corriente renovadora, circunstancia que lo ha marginado en la Historia del Arte, y su original postulado lo alejó de la modernidad según las teorías imperantes.
Curiosamente, la obra de este artista de difícil clasificación gozó del favor del público de la época. Sin embargo, a lo largo de la centuria posterior, los repudiados contemporáneos, entonces menos afortunados con las galerías y la crítica especializada, obtendrían mayor eco y estima en el mundo de las instituciones y la investigación. El Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, en colaboración con la Fundación Calouste-Gulbenkian de Lisboa, ha organizado una exposición retrospectiva que pretende reivindicar la creación y figura de Fantin-Latour. A través de setenta lienzos y un itinerario que compagina el criterio cronológico y la diversidad temática tendremos la ocasión de revisar algunos de los ámbitos de interés de un autor caracterizado por una exquisita y profunda sensibilidad.
Hijo de pintor, su preparación profesional siguió las pautas establecidas en el tiempo, con estancias en la academia de dibujo de Horace de Lecoq de Boisbaudran y matrícula en la Escuela de Bellas Artes, aunque también asistió esporádicamente al taller de Courbet, el maestro del realismo. Su labor como copista es interpretada como un recurso tanto económico como formativo del joven estudiante y tal práctica le llevó a frecuentar a los grandes genios del Museo del Louvre. La muestra incorpora algunas de las mejores piezas de este proceso, telas que remiten a originales de Tiziano, Veronese o Delacroix, convertido en maestro espiritual del joven autor seducido por el romanticismo.
A pesar de esta fidelidad a la convención siquiera formativa, Fantin-Latour no fue ajeno a la efervescencia de aquel tiempo de transición. Frecuentó el Café Guerbois, uno de los míticos cenáculos de la capital parisina, y algunas de sus pinturas se han convertido en crónica visual del cambio. Los retratos colectivos de aquellos amigos unidos por la radical voluntad de transformación son hoy un atractivo testimonio de tal ebullición.
Manifiestos de renovación
La crítica los considera verdaderos manifiestos de la renovación al converger las diferentes áreas de la cultura y sus mejores representantes. Es el caso de títulos como 'Un rincón de mesa' o 'Un estudio en Bagtinolles', donde podemos encontrar al respetado Claude Monet convertido en el centro de la reunión, pero también a Pierre Auguste Renoir o Émile Zola. Las tertulias también eran frecuentadas por Edgar Degas, Guy de Maupassant o Stéphane Mallarmé, entre otros adalides del impresionismo literario o plástico.
El estudio de la imagen fue una de sus grandes preocupaciones y constituye el eje vertebrador de buena parte de su producción. Al principio, recurrió al autorretrato, fundamentalmente entre 1854 y 1861, y ante las dificultades para sobrevivir en la escena artística parisina, optó por desplazarse a Londres. Tal y como sucedió con el pintor norteamericano James Whistler, que le acompaña en la aventura, alcanzó el éxito entre una clientela opulenta.
Los bodegones le proporcionaron el éxito comercial en Inglaterra. El realismo minucioso, casi fotográfico, animó un trabajo profuso y complejo. En los numerosos ejemplos presentes en el Thyssen destaca la preferencia por las composiciones equilibradas o el gusto obsesivo por el detalle. El estudio minucioso y sutil de formas y colores remite a la exquisitez del Barroco holandés, cuando el género revela su fabulosa capacidad de seducción.
No obstante, el artista respondió a esa rentable demanda sin descuidar otros campos de experimentación. En 1863 expuso en el Salón de los Rechazados, respuesta a los espacios oficiales, y, sin embargo, once años más tarde, rechazó tomar parte en la primera colectiva del grupo impresionista. Entonces, sus inquietudes, crecidas en torno al escrupuloso realismo y la tradición romántica, se habían acercado a las lindes del simbolismo, mientras que sus compañeros propugnaban la fragmentación de la pincelada como corresponde a un entorno en constante mutación.
Pero su fidelidad al realismo y la representación consolidada no impedían su apuesta por las nuevas maneras de comprensión del arte desde una perspectiva ambivalente. Desde sus primeros años como pintor, la pasión por la música lo había animado a composiciones que huían de la observación del entorno para recrearse en universos particulares, pivotados en torno a la alegoría. Brahms, Berlioz y, sobre todo, Wagner alimentaron esta corriente. Posteriormente, la preferencia por este imaginario propio se enriquecería con temas religiosos o mitológicos.
Una extraordinaria facultad para la observación también encauzó su habilidad para el retrato y la interpretación de emociones. Las atmósferas de silencio y melancolía o el ensimismamiento de los personajes, frecuentemente femeninos, evidencia una intensa labor de introspección y la intimidad con sus modelos. Frente a la exaltación de lo efímero y los nuevos escenarios de una burguesía bulliciosa, Fantin-Latour reclama la atención por la simplicidad y sus últimas obras reflejan una depuración compositiva, la búsqueda de la sobriedad.
En sus últimos años, recluido en su casa de campo, el artista dejó que su ánimo se aquietara definitivamente a través de la observación de las flores, rosas en sus múltiples variedades. En un mundo donde las vanguardias exigían un ánimo dinámico, el artista parecía haber convertido la contemplación en todo un planteamiento estético.
1- Prisionero en el cielo . Carlos Ruiz Zafón. Planeta
2- El jardín olvidado. Kate Morton. Suma de letras
3- El temor de un hombre sabio. Patrick Rothfuss. Plaza&Janés
4- Tiempo de Arena. Inma Chacón. Planeta
5- Libertad. Jonathan Franzen. Salamandra
6- El puente de los asesinos. Arturo Pérez-Reverte. Alfaguara
7- El imperio eres tú. Javier Moro. Planeta
8- La brecha. Toti Martínez de Lezea. Maeva
9- El el país de la nube blanca. Sarah Lark. Ediciones B
10- El verano sin hombres. Siri Hustvedt. Anagrama
1- Viaje al optimismo. Eduardo Punset. Destino
2- La comida de la familia . Ferrán Adrià. RBA
3- Steve Jobs. La biografía. Walter Isaacson. Debate
4- El precio del trono .Pilar Urbano. Planeta
5- ETA. Las claves de la paz. J. Eguiguren y L.R. Aizpeolea. Aguilar
6- La soledad de la Reina. Pilar Eyre. La Esfera
7- La economía del miedo. Joaquín Estefanía. Galaxia Gutenberg
8- Viñetas para una crisis. El Roto. Mondadori
9- Toma un café contigo mismo. Walter Dresel. Planeta
10- Paseos con mi madre. Javier Pérez Andújar. Tusquets
1- Dorian Greyren egiazko erretratua. Aitor Arana. Txalaparta
2- Sakoneta. Xabier Mendiguren. Elkar
3- Zaharrak ez zuen hil nahi.Gaizka Zabarte. Susa
1- Portugueta-hautatu baliokidea. Roberto Tejera. Elkar
2- Zu zara orain txoria. Mikel Etxaburu. Elkar
3- Kukutza. Lutxo Egia. Txalaparta
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