Inauguración de la nueva Alhóndiga

Philippe Starck: 'Mi único estilo reconocible es la libertad'

Philippe Starck recibe de prestado en el despacho de un socio. La estrella del 'starck system' es un nómada postindustrial. Un monje que vive en islas sin agua ni luz y se desplaza en avión propio. Monumento a la contradicción, el inventor del materialismo cotidiano defiende una ética humanista, la política como filosofía y la utopía espiritual de un mundo mejor. Cualquier cocina, salón o cuarto de baño es el museo personal de este creador de objetos hogareños, desde exprimidores y cepillos de dientes hasta sillas, lámparas y ratones de ordenador que dice no utilizar. Con la libertad como bandera estilística, el diseñador, arquitecto e interiorista francés da cita en La Alhóndiga de Bilbao para la futura gran ceremonia de la energía humana.

-¿Eligió hacer lo que hace?

-No. En absoluto. Vengo de una familia de aeronáuticos, formado en la idea de la invención y de la tecnología al más alto nivel para hacer, finalmente, cepillos de dientes. La vergüenza de mi vida es hacer este oficio. Por eso trato de hacerlo lo mejor posible. Me ha elegido más que lo he elegido yo. Por razones que ignoro. Pero sé por qué lo he aceptado: por pereza.

-¿Reivindica la pereza?

-No. Ni tampoco la practico. Trabajo día y noche. Pero, aún así, me entristece ver que soy todavía demasiado perezoso. Para mí la pereza es inexcusable. Nadie está obligado a ser un genio -yo no lo soy-, pero todo el mundo debe participar en la gran poesía que es nuestra civilización y, por tanto, trabajar.

-¿Ha intentado escapar a la herencia tecnológica familiar?

-No. Al contrario, seguramente somos los únicos en el mundo capaces de sacar de la nada una moto, un avión, un barco. Pero también un cepillo de dientes, un restaurante, un hotel, alimentos biológicos o zapatos inteligentes. No porque seamos esclavos de la tecnología sino porque la hemos integrado como un parámetro normal. Sólo somos esclavos de la debilidad humana.

Posición y longevidad

-¿Se considera un inventor?

-Soy, ante todo, un inventor. En esta firma estamos mucho más cerca del espíritu, la estética, la belleza o la inteligencia de la ingeniería que del estilismo de moda. Nuestra manera de pensar es intemporal, redoblada con una visión vigilante sobre el futuro. Eso nos ha dado nuestra posición y longevidad. Si no hubiéramos sido más que estilistas o diseñadores, nos habríamos pasado de moda al cabo de dos años y estaríamos en la basura como todo el mundo.

-¿No está en la cresta de la ola?

-No. Pero sigo ahí. Extrañamente, los diseñadores que están de moda sirven sobre todo para llenar los medios de comunicación, están muy inscritos en un sistema institucional. Mientras que a nosotros la estabilidad nos da una libertad que nos permite, pese a todo, seguir en vanguardia. Porque somos estructuralmente libres. No nos hacen falta los medios -con perdón-, el dinero ni nada. Hacemos lo que queremos.

-¿Y el estilo?

-Mi único estilo reconocible es la libertad. No se cambia de estilo según los proyectos. Se aplican siempre los mismos valores éticos, la misma lógica y el mismo proceso de pensar. Pero se les adapta a las necesidades del proyecto con la mayor libertad. Cuando diseñamos aeropuertos espaciales, coches de hidrógeno o catamaranes revolucionarios estamos en la alta tecnología. Pero si hacemos un restaurante en Pekín o un 'night-club' en Shangai, estamos en lo barroco, divertido, humorístico, poético y surrealista sin ninguna relación con la visión de mutación de la especie humana o de civilización.

-¿Hay ética en un cepillo de dientes?

-Desde la fundación de esta empresa hace 25 años seguimos estrictamente una carta ética escrita. No trabajamos para las armas, los alcoholes fuertes, el tabaco, el juego, la religión, las compañías petroleras ni nada procedente del dinero sucio. Nos cuesta varios millones de euros al año rechazar esos mercados. Nuestros proyectos son elecciones éticas, que puedan servir a la gente o transmitir una parte de mensaje. Nuestro trabajo es esencialmente político. El diseño es tan mudo, un vehículo tan autista, que hace falta casi una vida para expresar una idea política. Todo lo que hacemos es siempre un fragmento de un discurso político.

-¿En su trabajo, la ética prevalece sobre la estética?

-Evidentemente. La estética no me interesa, no sé lo que es. Lo bonito es una apelación burguesa que para mí está vacía de sentido. Puedo comprender la coherencia de signos, la armonía de parámetros. La estética es un juicio cultural sin valor porque no es intemporal. No es más que la herramienta que sirve a la moda, al consumo, al 'me gusta, no me gusta'. Nosotros trabajamos en un funcionalismo ilustrado, post-freudiano. La belleza de un objeto es su competencia para expresar un mensaje y una función. No trabajo en lo bello, intento trabajar en lo bueno. Cómo nos va a aportar una vida mejor, ser más felices, inteligentes, sexy, enamorados...

Sin ordenador

-¿Se cree un diosecillo capaz de insuflar un alma a los objetos?

-Yo no trato de dar una espiritualidad a la materia. Eso lo dije durante mucho tiempo, porque era joven e idiota. Dejo la materia como un pretexto, un pasaje a veces obligatorio, para hablar de otra cosa. Evidentemente es político, filosófico. Sería una tontería olvidar que, ante todo, toda la vida es una filosofía y una política. Toda elección es política.

-¿Y no elegir?

-Elegir es un acto político, pero inútil. La elección es una obligación. Pero se puede elegir decir 'no'. Hoy es la opción más interesante. Hace 20 años decir 'no' hubiese sido negativo, reaccionario y conservador. Hoy hay que saber rechazar la máquina descerebradora, embrutecedora e idiotizante para refundar una civilización que sea un poco civilizada.

-¿Dice 'no' a menudo?

-Rechazamos del 90 al 95 por cientos de las propuestas, casi todo. Por varias razones. Trato de retirarme del mercado, desaparecer para hacer otras cosas. Pero es muy difícil. Sobre todo porque un estudio hace cuatro años calculó que yo alimentaba a 330.000 personas. Es una responsabilidad increíble. Como tener hijos. Ya no tienes derecho al suicidio. Pagas la única última libertad que es decidir sobre tu propia vida o muerte. Cuando das de comer a tanta gente ya no eres libre de suicidarte profesionalmente.

-¿Hay una parte de su alma en sus creaciones?

-Evidentemente. No hay ninguna voluntad de imperialismo, porque no estoy armado. No tengo ningún medio de imponer nada. Hago cero publicidad. La gente compra mis objetos por el boca a boca. Pero hay el mismo espíritu en todas mis acciones aunque parezcan totalmente diferentes.

-¿Es un arrepentido de la sociedad de consumo?

-Para ser sabio, hace falta haber cometido errores. Para ser generoso, hay que ser rico. Yo, que he contribuido de una manera no vergonzosa a la sociedad de consumo y de comunicación, estoy muy bien situado para ver sus límites y peligros. Por eso, cuando produzco, intento hacerlo conforme a las reglas de las que hemos hablado. Y sé que me dirijo a más acción y menos producción de materia. Mi posición no es paradójica, es normal. Tras múltiples experiencias, reflexiones e intuiciones, sé lo que hay que decir y lo que hay que hacer.

-¿No tiene ordenador en su mesa de trabajo?

-No. No lo utilizo. Soy el ordenador más rápido del mundo. Estoy aquí solamente para crear y no veo un ordenador que cree mejor y más rápido que yo. Trabajo con el mismo papel y lápiz que hace 30 años.

-Como un monje.

-Vivo de manera monacal, muy al margen de todo. Vengo dos días cada dos meses al despacho, que ni siquiera es mío. Vivo retirado en cabañas de madera, a veces sin agua, electricidad ni coche. Ahora, por ejemplo, vivo principalmente en una pequeña isla de la bahía de Venecia, de unos 800 metros de diámetro. Mis vecinos son pescadores de almejas.

-¿Tiene más hogares monacales?

-Cuando no estoy en medio de un bosque, voy a una isla de 200 metros de diámetro en el suroeste de Francia en la que no hay agua, electricidad ni nada de nada. Ahí vivo con mis vecinos cultivadores de ostras. Y si no, estoy en el avión. Me acuesto y me levanto pronto. Como 'bio' desde hace 25 años. Es una vida de monje, sí. No viajo en coche. Voy en moto cuando tengo prisa y en bicicleta cuando tengo más tiempo. Ando. La modernidad es tener menos. Evidentemente, tengo un avión. Paso de la bici al avión.

Philippe Starck, el prestigioso diseñador de la nueva Alhóndiga./ Foto: EL CORREO

Nacido en París en 1949, inició su carrera creativa de la mano del conocido modisto Pierre Cardin. Sus diseños se pueden encontrar en los más diversos soportes, desde gafas, ropa y maletas, hasta sillas, sofás, cubiertos y exprimidores.